El escritor brasileño Trigueirinho nos resume acertadamente ese vuelo del alma en sus tres principales fases: “Cuando el alma se retira de los cuerpos temporarios, o sea, de los cuerpos, físico, etérico, emocional y mental pensante pasa por un proceso que puede ser un punto de partida para otras experiencias… En primer lugar, restituye, al depósito planetario general de las sustancias, el cuerpo físico que ocupó durante el período que estuvo viviendo sobre la Tierra. A continuación, pasa por un fase en la que enfoca su consciencia en los niveles internos y supramentales de su ser, procurando desprenderse lo más posible de la triple materia humana que le queda, formada por los cuerpos etérico, emocional y mental pensante. En una tercera fase del “morir”, el alma ya está liberada de la influencia directa de algunas características psíquicas terrenas, y puede entonces fundirse con núcleos aún más profundos. Retorna, pues, a la nítida de la Totalidad, de donde partió cuando vino a encarnar.”

 

“Infinitas son las moradas de mi Padre”, dice Jesús a sabiendas de que son muchas las dimensiones que podemos encontrar en el más allá. Hay no obstante diferentes situaciones que impiden al alma el ascenso a los mundos espirituales. Esto ocurre a:

 

- Aquellos que están fuertemente apegados a la Tierra, bien a sus familiares, bien a sus riquezas. Este apego puede ser igualmente motivado por deseos insatisfechos que igualmente atan a la Tierra. Entre esos deseos encontraríamos la gula, la lujuria, la bebida…

 

- Aquellos que abrigan ideas religiosas tradicionales que les llevan a hacer pensar que merecen, por su comportamiento indebido, permanecer confinados en la Tierra.

 

- Aquellos que siguen creyendo que están vivos.

 

En realidad, no vamos a ninguna estancia que previamente no hayamos preparado. Donde esté nuestro nivel de vibración, ahí estará nuestra morada. Basta analizarnos en el día a día, explorar la naturaleza de nuestros deseos para hacernos una idea de en qué nivel nos ubicaremos en el mundo astral o de los deseos. Si aún estamos lastrados por bajos impulsos, deberemos demorarnos durante un tiempo en las regiones del bajo astral hasta que esos apetitos inferiores comiencen a perder fuerza. Si por el contrario, nuestros deseos son de una naturaleza más elevada, atravesaremos los bajos mundos del astral sin demorarnos hasta alcanzar el nivel de astralidad superior que nos corresponde por ley de afinidad.

 

Si hubiera que establecer una media de permanencia en las bajas dimensiones del astral con unos parámetros de nuestro mundo, sería de alrededor de 25 años. La tradición arcana habla de que podemos pasar por término medio la tercera parte de nuestra vida física en el astral inferior o medio. Cuando los apetitos de gula, avaricia, lujuria… van cediendo, cuando los sentimientos de rencor, de envidia, de celos… se van apagando, nos vamos haciendo más ligeros y vamos perdiendo nuestras últimas capas de deseos. Este revestimiento astral en sus capas más exteriores está hecho a partir de nuestros propios materiales de baja astralidad, los que nosotros mismos hemos generado. Ese revestimiento es el que nos mantiene sujetos a esos mundos.

 

En esos bajos mundos del astral vivimos por lo tanto las consecuencias de los deseos inferiores que hemos emitido en la Tierra. Percibimos en propia “carne” el mal que hemos hecho a otros. De la misma, forma cuando accedemos a superiores regiones del astral, disfrutaríamos del bien que hemos obsequiado a otros, ya nos hayamos dado cuenta de ello o ya hayamos sido inconscientes. La tan aludida película que se nos da a visionar, no sería propiamente una película que se proyecta en una pantalla plana y que nosotros contemplaríamos desde fuera; sería un visionamiento vívido, es decir nosotros entraríamos en la propia escena.

 

Gobernamos nuestro futuro en ésta y las otras dimensiones. Somos los absolutos dueños de nuestros destinos. Donde están nuestros deseos, ahí estaremos nosotros. Es decir, la muerte de por sí no implica ni un ápice de avance evolutivo. Definitivamente no somos mejores personas por el mero hecho de abandonar el cuerpo. Sólo albergará motivos para recelar de la muerte quien no haya dispuesto su morada al otro lado del velo, es decir quien haya derrochado la vida física sin preocuparse en absoluto por la suerte del prójimo. Es nuestra vida dedicada a los demás en el más acá, la que nos brinda gloria en el más allá. Es el altruismo lo que nos empuja hacia arriba en las dimensiones de la luz. Vivir para nosotros mismos nos cierra las puertas de los cielos. Los cielos o mundos superiores son el descanso reservado a quienes viven olvidados de sí, a quienes se preocupan por el progreso de la vida y el bien común.

 

El compromiso y las responsabilidad para con el otro siempre entraña su recompensa en el más allá. Sin embargo a menudo eludimos, de forma más o menos consciente, nuestra responsabilidad colectiva, nuestro compromiso con toda la ancha familia, con todo cuanto late. Olvidamos que somos, no sólo para nuestro propio cuidado, sino para con el de todo cuanto existe. Son el amor y el servicio dispensados en vida física, los que nos aseguran gozosa estancia post-mortem.

 

 

Apurar la estancia en la Tierra

 

Tantas veces hemos nacido, tantas veces hemos muerto. Con la llamada muerte acontece una restitución de los materiales que hemos usado a su correspondiente esfera material. El cabalista José Luis Caritg se refiere a la muerte como la devolución del cuerpo a su legítimo dueño: “El contrato ha terminado. Se ha utilizado algo que en realidad no somos nosotros. Después lo devolvemos.”

 

No somos un cuerpo que goza espíritu, somos un espíritu que circunstancialmente echa mano de un cuerpo. Pasamos mucho más tiempo en los mundos espirituales descansando, recapitulando y planificando, que en el mundo físico. En realidad no siempre se nos brinda la ocasión de encarnar en la materia. Hay que hallar esa oportunidad, hay que dar con esos padres “disponibles” y dispuestos a acoger a un alma que desea vestir cuerpo. Hay que aguardar también a que se den las condiciones adecuadas para intentar saldar el daño que hemos podido ocasionar a otros en nuestra anterior encarnación. Hay que dar preferencia a los que están “opositando” venir y encarnar con anterioridad a nosotros.

 

Respirar aquí y ahora sobre el mundo es un privilegio que hemos de tratar de comprender en toda su dimensión. Por cada alma encarnada en la materia, habría otras diez en los mundos espirituales, en la “sala de espera”. 7.200 millones de seres estamos ahora compartiendo vida física sobre la Tierra, pero nuestro planeta albergaría setenta mil millones de almas repartidas en las diferentes dimensiones del planeta. Alrededor por lo tanto de sesenta y tres mil millones moran en las dimensiones astral, mental y espiritual. Hay  más deseo de encarnar que “plazas”, opciones  para hacerlo. Cuando hayamos de devolver el cuerpo a la Tierra, ojalá no tengamos que arrepentirnos de no haber apurado y aprovechado debidamente nuestra vida en la materia. No nos duela el no habernos empleado a fondo en el amor y el servicio para con el prójimo. A saber cuándo se nos brindará de nuevo una oportunidad de retorno.

 

Es cierto que cuando el espíritu desencarna experimenta una gran ligereza al verse privado del lastre de un cuerpo muchas veces achacoso o enfermo, pero también es verdad que es aquí, en este mundo de necesidades, carencias y sufrimientos donde se nos brinda la oportunidad de darnos a los demás y por lo tanto de evolucionar. En los mundos espirituales no hay necesidades, éstas están enteramente satisfechas. No hay por lo tanto posibilidad de entrega y privación personal como nosotros lo entendemos y no hay por lo tanto tampoco posibilidad de sensible evolución. No obstante en el mundo astral a las almas altruistas sí se brinda la posibilidad de atender y socorrer a otras almas que vagabundean desnortadas y a menudo desesperadas, en las capas inferiores del inframundo astral.

 

 

Lapso entre las vidas

 

En lo que se refiere al tiempo que transcurre entre una y otra encarnación física, no hay igualdad de criterio entre las diferentes fuentes estudiadas. Por otro lado hay una casuística muy amplia que influye en la duración de ese lapso.

 

Hay autores como Max Hendell que en su libro el “Concepto rosacruz del cosmos” nos habla de 2000 años entre encarnación y encarnación, pero no podemos olvidar que su manual tiene ya más de cien años y las circunstancias han variado también sensiblemente. El que fuera director de la Escuela Rosacruz, nos habla de que cada dos milenios hay un cierre de ciclo cósmico que correspondería a cada tránsito zodiacal. Al acercarse cada uno de esos cierres se despertaría igualmente un anhelo de muchas almas de encarnar en la Tierra y poder atender a las pruebas de graduación.

 

La corriente teosófica y de la escuela arcana plantea una media de 1.200-1500 años. Ello parece ajustarse más a la realidad actual. Se ajusta con el postulado de que nuestra vida en los mundos espirituales se prolonga habitualmente por un lapso de tiempo 17 veces mayor que el de nuestra vida física, por lo que con una media de 70 años por vida en la materia, rondaríamos la media esa de 1.200 años de lapso entre vidas. Hay otros autores, sobre todo más modernos, que reducen aún más esa cifra. Ello se encuentra en relación a lo que es conocido como el “aceleramiento de los tiempos” que seguidamente mencionaremos.

 

Hasta donde sabemos por lo que hemos podido estudiar en unas y otras fuentes, habría diferentes causas para ver acortado ese lapso. El primero sería el caso de los discípulos avanzados en el Sendero que renuncian a su gloria en los mundos superiores por un afán de entrega y servicio. Son conscientes de la necesidad y solicitan volver a la Tierra sin apenas reposo, sin disfrute del Devachán y repliegue en el cuerpo causal.  Es tal su grado de generosidad y desprendimiento que renuncian a toda esa gloria que legítimamente les corresponde en los mundos espirituales, para manifestarse cuanto antes en medio de la humanidad y volcarse en la redención de ésta.

 

En el lado contrario, tendríamos a personas de escasa evolución que se percatan del perjuicio ocasionado. Se trata de almas que al visionar sus vidas se hacen conscientes del mal que han originado a otros en precedentes encarnaciones y solicitan retornar cuanto antes a la Tierra para poder saldar en la mayor brevedad la deuda contraída. Se les informa previamente de que, dado el sufrimiento generado, han de encarnar en situaciones difíciles, incluso con cuerpos enfermos o deformes, pero aún y todo, si su contrición es sincera y su deseo de enmienda puro, lograrán el permiso. Es por eso que cuando encontramos en la Tierra seres con importantes achaques físicos, hemos de pensar que, muy probablemente, nos hallemos ante el caso de almas valientes que han tomado la decisión de encarnar en situaciones nada favorables.

 

El lapso entre encarnaciones también se acortaría en el caso de seres que han sufrido un accidente mortal en su vida pasada, sin haber podido agotar el tiempo que les correspondía. Según nos revela la sabiduría arcana, cada alma traería ya a la Tierra un vida física delimitada. Es decir internamente sabríamos de la hora de nuestra muerte. La vibración de nuestro molde mental estaría previamente programada para un tiempo determinado, si ese tiempo se acorta por un accidente sorpresivo, el alma retornaría en breve para apurar el tiempo que le restaba y así adquirir el aprendizaje correspondiente. Esa sería también una de las razones de la mortalidad a una edad temprana.

 

Otra de las razones de ese acortamiento de la vida entre vidas, serían los lazos kármicos, es decir el querer retornar a la Tierra con un ser o unos seres con los que estamos vinculados por lazos de amor o de rechazo. En el primero de los casos se trataría de volver a “coincidir” con un alma con la que deseamos compartir la vida o incluso desarrollar una tarea de servicio a favor de la humanidad. En el segundo de los casos se trataría de intentar “coincidir” y para ello solicitar permiso, con seres a los que en anteriores encarnaciones hemos causado un daño, para intentar saldarlo.

 

Como señalábamos anteriormente, al otro lado del velo, en el mundo astral, el visionamiento de la encarnación anterior no es en una pantalla de dos dimensiones. Más bien es como si nosotros propiamente nos introdujéramos en lo que acontece. Así es nuestra experiencia al sumergirnos en los denominados Archivos akhásicos o etéricos, en la “Memoria del tiempo”, un revivir en toda regla. Durante nuestra estancia en el bajo astral, nosotros viviríamos por lo tanto en carne propia el sufrimiento que hemos causado a terceros, de forma que nacería en nuestro interior un fuerte anhelo de saldar esa deuda y por lo tanto encarnar junto a la persona perjudicada.

 

El lapso entre vidas varía mucho también en función del ciclo cósmico en el que nos hallamos. Hay cierres de ciclos cósmicos importantes en los que se realiza una evaluación, con su consiguiente graduación. El acercamiento del cierre de uno de esos ciclos comporta mayores oportunidades evolutivas. Todo apunta a que ahora nos encontraríamos en alguna situación de ese orden y por lo tanto habría también más demanda de estar en la Tierra, dadas esas oportunidades que se concitan. Muchas de las 70.000 millones de almas que, según Alice Bailey, pertenecen al planeta estarían deseosas de encarnar cuanto antes a causa de la oportunidad evolutiva que ahora vivimos. Los tiempos acelerados, intensos y a menudo convulsos como el presente, no dejan de ser a la vez tiempos de enormes oportunidades.

 

Ahora encarnaríamos con una rapidez sin precedentes. Las razones del acortamiento de ese lapso de 1.200 años entre una encarnación y otra seguramente serán más, dado el aumento de la población mundial, es decir de esa aceleración encarnatoria, pero a nosotros simplemente se nos escapan. Aquí sólo compartimos la información de diferentes fuentes que hemos logrado reunir a este respecto y que nos parece que gozan de toda la lógica.

 

 

Vestíbulo. Encuentro en el astral con los seres queridos

 

La comprensión de la muerte va poco a poco alejándonos del miedo con el que mayormente se la observa. El reencuentro con los seres queridos es otra de las gratas sorpresas que nos depara la muerte física, amén del sentimiento de liberación del cuerpo y el encuentro con esos seres angélicos de infinita ternura.

 

El amor ha sido y siempre será el más sólido lazo, el más inquebrantable vínculo con los seres queridos. Dice el iniciado Vicente Beltrán Anglada a este respecto: “La muerte, en todo caso y tal como me ha sido posible observarla, no es tan mala como la gente supone; muy al contrario, yo diría incluso que resulta altamente agradable por los bellísimos aspectos espirituales de que viene revestida. Los Ángeles de la Luz que te asisten y acompañan hacia superiores niveles de conciencia, los seres queridos que vienen a darte la cordial bienvenida a aquel nuevo estado de ser, la sensación indefinible de libertad que experimenta el alma liberada de la pesadez gravitatoria del cuerpo, etc., son aspectos substanciales asociados al fenómeno de la muerte, que no es la aniquilación del yo, sino el renacer en el seno de una nueva y más abundante vida.”

 

Cuando despedimos físicamente a un ser querido, no ha de ser necesariamente el dolor lo que nos gane, sino la esperanza de volvernos a encontrar en otro escenario y circunstancias. De hecho ese encuentro no se volverá a producir en el marco físico, por lo menos en la misma situación, pero sí puede acontecer en el astral cuando dormimos. Nosotros nos podemos desenvolver sin problemas en el mundo astral durante el sueño, lo que ocurre es que muy raramente tomamos conciencia de ese viaje. Al astral retornamos todos, una vez abandonado el cuerpo físico.

 

La ciencia oculta trata de acallar la angustia y nos sugiere que sí hay reencuentro. Con otras formas, en otro marco, pero sí se dará esa reunión de almas amigas que se han visto en la Tierra separadas por la llamada muerte. La pena o incluso desesperación por lo que habitualmente denominamos “pérdida de los seres queridos”, va mermando a la luz de estas revelaciones. El discurso de la fatalidad ya no debiera tener quien lo suscriba a la luz de las informaciones que nos están llegando. Ahora comenzamos a saber que el “adiós” no era para siempre, que en realidad se trataba de un “hasta luego”. Será otro marco, otra manifestación, pero un mismo encuentro de almas. Dejando a un lado el encuentro en el sueño, la comunicación desde nuestra condición física con los seres que han partido está de alguna forma sujeta a las facultades sensitivas de la persona. Más allá de todo ello, siempre tendremos el recurso de la comunicación en lo interno, de alma a alma.

 

Como es arriba es abajo. En el inicio de un nuestra larga estancia en los mundos del espíritu también somos acogidos fraternalmente. Esta acogida vendría tras haber recorrido solos el túnel de luz al que aluden tantos testimonios y tradiciones. Triguerinho se refiere a este túnel en los siguientes términos: “He ahí lo que todos sienten en los momentos de abandonar el cuerpo físico: cada uno de nosotros es único y el más querido hijo de Dios. Cuando entramos en el largo corredor, o túnel, no sabemos adónde nos conduce... Nadie puede acompañarnos en esa experiencia, aunque desencarne a nuestro lado, al mismo tiempo, y hasta en las mismas circunstancias. Cada uno necesita vivir ese hecho de la vida individualmente, sin llevarse nada consigo. Conceptos, expectativas, informaciones, personas, posesiones, todo queda atrás: de este mundo no nos llevamos nada.”

 

Más allá del túnel por lo tanto no estaríamos solos, menos en esa hora tan delicada, menos en esos momentos tan decisivos del comienzo de nuevo de la vida en el espíritu. Como es aquí, es también allí. Así como encontramos recepcionistas en la Tierra en el inicio de una estancia, en el arranque de un viaje, también tenemos seres que nos dan la bienvenida al retornar a los mundos espirituales. La Vida no nos deja sin amparo en esos momentos de incertidumbre.

 

Por la información que hemos podido reunir, los seres con los que nos encontraríamos serían de dos tipos: nuestros seres queridos y los que denominaremos seres celestiales o angélicos. Tal como hemos apuntado en un anterior capítulo nuestros seres queridos se demorarán por término medio unos 20-25 de nuestros años terrestres en el astral. Si nosotros desencarnamos y nuestros seres queridos han desencarnado recientemente, será sencillo que salgan a nuestro paso, revestidos además de un aspecto astral joven y vigoroso.

 

Los seres celestiales se nos presentarán puntuales una vez nos sobrevenga la muerte y nos acompañarán en nuestra estancia en los mundos espirituales. Según se trate de una escuela u otra estaremos hablando de “Tutores”, “Guías”, “Protectores”…, en cualquiera de los casos estaremos hablando de seres evolucionados que saben de nuestro itinerario, que conocen nuestra vida en la Tierra y que nos proporcionarán los más sabios consejos, tanto en lo que se refiere a la tarea de recapitulación y asimilación de nuestra vida anterior, como después en la programación de la siguiente. Ellos saben mejor que nadie lo que nos conviene para la siguiente encarnación, las condiciones, el momento de producirse, el lugar, los hitos fundamentales…, pero serán siempre sumamente respetuosos con nuestro libre albedrío.

 

 

Conocedores de lo que nos aguarda

 

El desembarque en las playas del espíritu se da en las más variadas condiciones, fundamentalmente en función de la forma en que hemos “muerto” y después también en razón de nuestro nivel de conocimiento con respecto a estos mundos superiores. Es muy importante ya en vida física explorar la vida espiritual después de la muerte, pues de esa forma nos encontraremos más ubicados, cuando ésta finalmente sobrevenga. Si morimos en plena juventud y nunca nos hemos preocupado de indagar sobre lo que acontece en los mundos post mortem, el despiste puede ser absoluto. Nos demoraremos un tiempo hasta tomar conciencia de la nueva situación. Esa desorientación aún se agrava mucho más, si esa muerte sobreviene por causa de accidente, violencia, guerra…, pues el tránsito es repentino.

 

En esos casos en que la muerte sobreviene de forma abrupta, el ser desencarnado contará desde el primer momento con un Tutor para que poco a poco le vaya revelando la nueva situación en la que se halla. Eso ocurrirá siempre y cuando  tenga una mínima apertura mental, es decir no profese un ateísmo empedernido. Aún y con todo, a veces cuesta mucho apercibirse de esa nueva situación y aceptarla. Hay casos de seres con trayectoria materialista o atea que aún, en esa nueva situación, siguen negando la existencia de una vida trascendente. Parece ser que habría lugares específicos en el medio astral destinados a esos seres que niegan tajantemente la vida en el más allá. Serían lugares en los que son sumidos en una especie de letargo, hasta que al cabo de un cierto tiempo, el alma vuelve a acudir en su socorro. Es decir en estos casos se cumpliría también el axioma de que cada quien elige su destino, por ello los seres que niegan la existencia de la vida ulterior, se sumen por voluntad propia en esa especie de letargo.

 

En el futuro todas estas enseñanzas estarán a la orden del día, también en las escuelas y centros de enseñanza, de forma que desde pequeños empecemos a atender a los interrogantes fundamentales del humano, a comprender lo que nos aguarda una vez dejado el cuerpo. Ya hemos avanzado mucho en lo que respecta a la universalización de estos conocimientos, pero aún resta mucha tarea.

 

La senectud es una forma “agraciada” de morir. Nos proporciona ese imprescindible sosiego en el tránsito, además de la posibilidad de comenzar a realizar el cometido de recapitulación y asimilación de la encarnación, tarea que necesariamente hemos de acometer en los mundos espirituales. Si esa tarea de extracción de las enseñanzas que nos ha reportado la vida, la realizamos ya en nuestra etapa de madurez o ancianidad, habremos avanzado, en importante medida, en nuestra observación y reflexión post-mortem.

 

Morir en la cama no deja por lo tanto de ser un privilegio. El anciano tiene por un lado la oportunidad de volcar su experiencia en los seres queridos, en las generaciones jóvenes. Se le brinda también la posibilidad de recapitular, de despedirse poco a poco, de prepararse para la nueva vida espiritual, según la conciba. Si así lo ha sentido, habrá podido reconciliarse con aquellas personas con las que tuvo dificultades o incluso problemas. Cumplidos los “deberes”, el peso del cuerpo achacoso le hará anhelar la liviandad.

 

 

Agotar los deseos

 

Transcurrida la bienvenida, ¿Dónde nos situaremos? A menudo nos preguntamos de entre las innumerable moradas del Padre, dónde nos ubicaremos nosotros. Una vez más la respuesta se halla en nuestro interior. Tal como antes apuntábamos más sucintamente, cada quien hallará de forma exacta lo que en justicia le corresponde. Más elevados y puros nuestros deseos, en más elevadas y puras moradas nos instalaremos en el más allá. De tal forma que las almas virtuosas atraviesan los bajos astrales sin padecerlos. Es como si ese sombrío lugar lo transitaran en un vehículo que les impide padecer la situación que ahí se vive.

 

La tradición cristiana habla del purgatorio, mientras que la literatura esotérica se refiere al bajo astral, a los mundos inferiores. El tiempo de demora dependerá de la fuerza de nuestros deseos. Si dejamos el cuerpo en una edad joven, éstos serán aún poderosos, en edades más adultas  ya habrán ido cediendo. A menudo la fuerza del deseo aunada al desconocimiento de la existencia de los otros mundos, impiden al alma tomar conciencia de haber dejado el cuerpo físico. Es cuando sobreviene el sufrimiento. El alma intenta satisfacer unos deseos, pero no puede de ninguna forma hacerlo al carecer de cuerpo. El sufrimiento perdurará hasta que con el paso del tiempo esos deseos vayan cediendo.

 

Más pesan nuestros deseos, más nos demoraremos en esas lúgubres estancias. A diferencia de lo que ocurre en la Tierra, allí no hay contacto con los que tienen altas vibraciones, a no ser con quienes acuden en su rescate. Esas esferas inferiores no son de cualquier forma eternas. La literatura esotérica plantea generalmente los casos del avaro, de la persona lujuriosa, del entregado a la bebida… En el caso del avaro que carece de conciencia y que ignora encontrarse en los mundos del espíritu, sufrirá al ver como familiares, descendientes o incluso personas ajenas se hacen con el patrimonio que a él tanto le a costado reunir. En el caso de la persona lujuriosa intentará saciar su lujuria en los lugares donde la sexualidad se desarrolla de una forma primaria. Querrá alimentarse de esos efluvios libidinosos pero no lo logrará al carecer de un cuerpo que pueda disfrutar de ese placer. Otro tanto podemos decir de la persona inclinada a la bebida. Su cuerpo astral vagará por las tabernas, fiestas y bodegas. Pretenderá sentir en su garganta el paso del alcohol, pero nunca lo podrá lograr al carecer de garganta… Otro tanto podríamos decir de la persona condicionada por la gula y por otros deseos poderosos.

 

El cuerpo astral estará en realidad en esos casos formado en sus capas más exteriores de una materia astral de baja vibración y mientras el alma no vaya prescindiendo de esas capas, la atracción del deseo permanecerá. En este caso se plantea el ejemplo del imán que únicamente atrae hierro y no otros metales. Un cuerpo astral compuesto con esos materiales toscos es atraído igualmente hacia ese tipo de circunstancias bajas.

 

Tras el recorrido por el bajo y el alto astral, sobrevendrá la segunda muerte. Nuestro alma abandona el cuerpo astral que se ha convertido en un “capullo” sin vida. Una vez el alma ha sublimado las emociones, restituye la vestimenta astral al mundo astral, lo mismo que en la primera muerte hemos restituido los materiales físicos al mundo físico, a la Madre Tierra. La absorción y la restitución marcarán por lo tanto nuestros ciclos de vida. Primero absorbemos materiales ya de un plano u otro, después los devolvemos.

 

 

Mundo astral

 

El Ego se demora en esos planos inferiores a fin de irse purificando y librando de todo lastre. Mientras que algunas almas únicamente se detendrán por unas horas o días en el astral inferior, otras pueden permanecer años incluso más de un siglo. En la literatura esotérica el mundo astral se conoce como “kamaloka” que es un término sanscrito que indica “Región de los deseos”. En sanscrito “kama” indica deseo y “loka” lugar. La permanencia del alma en el kamaloka o mundo astral está determinada por su nivel de evolución. A mayor desarrollo evolutivo menor será el período de tiempo de permanencia.

 

La materia astral tiene diferentes grados de sutilización, cada uno de esos grados corresponde a una subdivisión del plano astral. El mundo astral no es un mundo estático, sino de formas que cambian constantemente. La impresión es más de flotar que de caminar. La oscuridad no existe. La luz, como no podría ser de otra forma, viene del sol, pero el efecto en el astral es diferente. La luz no vendría de un centro determinado sino que será más bien difusa. La materia astral es de por sí luminosa. La comunicación es telepática.

 

Tal como ya hemos señalado, los subplanos astrales no están unos encima de los otros. La materia de cada subplano interpenetra a la del de abajo. En la Tierra existen todos los planos al mismo tiempo, si bien los superiores tienen un mayor extensión. Subir, elevarnos a otro plano no indica por lo tanto, a la luz de lo que ya hemos indicado, un cambio de lugar en el espacio, sino transferencia de la conciencia de una esfera a otra. ¿Cuánto tiempo nos demoraremos en las esferas inferiores del astral, cuánto tiempo perdurará el cuerpo astral? Ello depende de la fuerza que tenga el cuerpo. Si este ha sido depurado y fácilmente sometido a nuestra naturaleza superior, ese lapso será breve. Si la fuerza del deseo ha predominado en nuestra vida, si la mente no ha sido capaz de dominarla, si hemos vivido al albur de nuestros apetitos, el cuerpo astral tardará en deshacerse.

 

Nadie por lo tanto nos juzga. Nosotros mismos nos construimos nuestros propios futuros, abrimos y cerramos nuestras propias cárceles. Si el Ego, si nuestra naturaleza superior permanece sometida al deseo, ese sometimiento perdurará más allá de la existencia física, si el Ego ya se ha emancipado en vida de la esclavitud de los deseos, esa liberación se trasladará también al plano astral en cuanto sobrevenga la llamada muerte. Subrayamos por lo tanto que somos los dueños absolutos de nuestro destino y no hay otro porvenir que el que nosotros mismos nos trazamos.

 

Si nuestra condición animal ha predominado en vida física, al animal habremos de rendir también pleitesía más allá de la llamada muerte, con todas las consecuencias, con toda la sensación de apresamiento que ello implica. Si por el contrario en nuestra existencia terrestre le hemos concedido mayor relevancia a nuestra naturaleza espiritual, a nuestra condición de seres pensantes, el cuerpo inferior de los deseos o astral tendrá mermada su energía. Una vez sobrevenga la llamada muerte, el ser no padecerá. Nos dice la sabiduría arcana que un ser evolucionado está más enfocado en los asuntos de la mente y no las emociones. Es por ello que el cuerpo emocional o astral sería fácilmente eliminado por la aspiración que ese ser tiene por una vida superior y mental. Según Alice Bailey y el Maestro Tibetano “cuanto mayor sea esa aspiración, que se adiestra en la encarnación terrestre, como se deduce fácilmente, más rápida será la salida de la consciencia de ese cuerpo ilusorio, o mejor dicho, más de prisa se procesa la deseable ‘segunda muerte’. Llámase ‘segunda muerte’ (que ocurre en el plano astral) al abandono del cuerpo emocional”.

 

Entre estos dos extremos, de dependencia del deseo y de plena autonomía del alma con respecto a él, hay evidentemente una inmensidad de casos intermedios; es decir entre esas dos polaridades nos encontraríamos la mayor parte de la humanidad. Nadie mejor que nosotros mismos sabe de la fuerza y dominio de que dispone el deseo en nuestro interior. Hasta qué punto somos o no sus vasallos. Igualmente sabremos qué aspecto del deseo tenemos más desarrollado y por lo tanto qué virtud correspondiente habremos de trabajar.

 

El deseo no mermará en el combate que le podamos presentar, sino en la virtud correspondiente que nos propongamos desarrollar. En la medida en que conocemos la fuerza del deseo que aquí y ahora nos habita, en la medida que exploramos el espacio que ocupa el deseo en nuestras vidas, conocemos igualmente en cierta medida algo de nuestro destino en el más allá, sabremos orientativamente la ubicación que nos corresponde en el astral. Sabremos de cuál de las infinitas moradas del Padre, nos habremos hecho acreedores en el más allá.

 

La vejez va agotando evidentemente el deseo y evita una estancia excesivamente prolongada en el astral. No obstante si al sobrevenir la muerte, el deseo aún perdura con fuerza, deberemos permanecer en esos subplanos en tanto en cuanto el deseo no se agote por completo. La muerte en la juventud implica una estancia más prolongada en los subplanos del astral, pues los deseos son aún muy vivos.

 

 

Astral inferior

 

De nuevo tomamos una cita del Dr. Tan Kheng Khoo para la descripción del astral inferior: “El territorio es oscuro, húmedo y viscoso. No hay calor. De hecho, definitivamente es frío. La atmosfera es fúnebre y neblinosa, y parece como si hubiera una nube cubriendo constantemente el lugar. No hay vegetación. Las flores y los árboles no crecen ahí. La mayoría del terreno es rocoso e irregular. Hay un gran peligro de resbalar en las rocas a los charcos de suciedad, aunque uno no puede ahogarse en eso. Nadie puede morir en el mundo espiritual. Mezcladas y esparcidas están las pequeñas chozas que contienen unos cuantos pedazos de muebles que son muy incómodos de usar. Aquí y allá hay grupos de cuerpos viejos decrépitos encorvados y nudosos planeando acciones diabólicas para torturar a los compañeros residentes.”

 

El infierno no existe. El Dios Amor no puede contemplar una condenación eterna. El infierno es uno de tantos conceptos que ha tratado de enquistar en nuestra mente una rancia doctrina católica. El proceso de emancipación humana irá en el futuro acompañado de una pérdida de sentido de este concepto.  Enrique Renard, teósofo norteamericano, lo explica de una forma sencilla: “Al Dios infinitamente sabio, bueno y compasivo no se le puede atribuir la creación de un infierno cuya función sea castigar a quines cometen errores. Sí que nos encontramos con las consecuencias de nuestra forma de actuar, pero no hay un padecimiento de nuestro cuerpo físico post mortem, en primer lugar porque ya no disponemos de ese cuerpo físico. Estamos en evolución y es inevitable cometer el mal, estamos en desarrollo. Equivocarnos es natural”.

 

El astral inferior sí representaría para los cristianos el purgatorio y puede ser una dimensión simplemente de paso hacia mundos superiores o en la que es preciso recalar un tiempo, dadas las deudas kármicas. “El castigo” aquí es más bien de orden emocional o mental. En esa dimensión se deja sentir no obstante el auxilio de los seres espirituales siempre dispuestos a socorrer a los necesitados. La Ley divina habría dispuesto así la vida en el bajo astral. Sólo de esa manera tomaremos precisa noción del mal que origina nuestro comportamiento. Al vivirlo en “carne” propia, al tomar contacto real con el impacto de ese dolor, tomaremos honda conciencia del mal ocasionado y nos probablemente en la siguiente vida no lo originemos, por lo menos en la misma medida.

 

Ocurre a menudo también que actuamos de una forma errada, egoísta y no tomamos conciencia, o la tomamos sólo en parte, de las consecuencias de ese comportamiento equivocado. Nada se escapa a la divina ley y nosotros somos los protagonistas en la rearmonización de todo aquello que hemos alterado. Ese ejercicio de recapitulación sería imposible de no mediar la ley de la grabación, de no contar con esa película en la que se guarda cuando hemos vivido no sólo en la vida anterior, sino también en las precedentes. La Sabiduría Divina entendería que, vivir su perjuicio en carne propia, sería la forma más práctica de ir acotando el mal. El anhelo de reparación que se suscita en el alma arrepentida obrará a su favor. De tal forma que podremos afirmar, siempre al hilo de las enseñanzas teosóficas, que no hay juez más severo que nosotros mismos una vez adquirido un nivel de conciencia y de sensibilidad que nos permita la reparación de ese mal.

 

Cada quien, por decirlo de alguna manera, nos adjudicaríamos nuestra propia sentencia. Estos veredictos serían verdaderamente eficaces a la hora de ir purificando nuestro alma. Una sentencia emitida desde fuera, desde un Tribunal kármico en ningún caso obraría con la misma fuerza reparadora que una sentencia que emite uno mismo en el ardiente deseo de reparar un mal originado. Los Tribunales kármicos continuarían por lo tanto siendo necesarios en los casos de almas que no han alcanzado el suficiente nivel evolutivo como para tomar conciencia de sus propios errores, es decir en los casos de almas muy primitivas o incluso abyectas. La Vida ha de poner en realidad límites a quienes la amenazan. El dolor que causamos a los demás nunca es gratuito, siempre nos retorna. Podemos nosotros de “motu propio” tomar conciencia de ello y repararlo o en caso de ausencia de esa conciencia, será la propia Vida, a través del mencionado Tribunal, la encargada de asignarnos esa reparación.

 

De todo lo referido, volvemos a concluir que nosotros somos los artífices de nuestro porvenir, tanto en el más aquí, como en el más allá. El mañana de mayor o menor felicidad lo estamos sembrando con nuestras acciones del presente. Nuestra estancia en los mundos espirituales es fundamentalmente recapitulación, descanso y proyección de la siguiente vida física. Pasamos por lo tanto buena parte de nuestro tiempo en el más allá, observando en qué hemos errado y en qué hemos acertado, cuando estuvimos a la altura de las circunstancias, del amor y de la generosidad que se esperaba de nosotros, cuando pudimos haber derrochado mucho más amor, cuando nos quedamos cortos en altruismo, en olvido de nosotros mismos.

 

Que no tengamos que llegarnos a la otra orilla para comenzar a realizar esta recapitulación. Max Heindell, quien auspiciara a comienzos del siglo XX el movimiento de la rosacruz moderna, sugiere que este ejercicio de recapitulación se realice diariamente, antes de acostarnos. Es esta constante autoobservación la que nos puede ayudar a ser aquí más conscientes y por lo tanto mejores personas, al tiempo que adelantar la tarea recapitulatoria que nos aguarda en el más allá.

 

 

Mundo astral superior

 

En la medida que los deseos van cediendo el alma va emergiendo a un mundo más luminoso, de aspiraciones más elevadas. El alma que en vida por una circunstancia u otra, por haber estado centrada ya en la propia subsistencia, ya en el servicio al prójimo, ya en situaciones de escaso desarrollo interior, no ha podido satisfacer sus inclinaciones más puras, aquí sí encontrará la oportunidad de hacerlo. Comenzamos a emerger a ese mundo superior que en la tradición cristiana conocemos como Cielo. Empezamos ya a recoger los frutos de nuestro paso por la Tierra. Los anhelos no realizados pueden alcanzar aquí su consumación, los sueños que no pudieron encarnar pueden aquí ser vividos.

 

El artista plástico encontrará los más sublimes paisajes para trasladar a sus lienzos, el poeta toda la belleza que ni siquiera soñara para llevar a sus versos. Las almas más exploradoras, más animadas por el conocer y descubrir encontrarán su espacio idóneo de aprendizaje, con Guías que adecuen sus enseñanzas a su capacidad cognoscitiva, con una muestra de realidades que en la Tierra se escapaban a su entendimiento. Las almas más inquietas y altruistas también encontrarán la posibilidad de seguir haciendo el bien, incluso a menudo de una forma más eficaz que en la Tierra. Esa acción benefactora se podrá principalmente concretar de dos formas. La primera influyendo positivamente en las almas encarnadas amigas, bien por directa comunicación durante el sueño, bien por influencia durante la vigilia.

 

Otra importante acción benefactora se puede desarrollar con el socorro a las almas que penan en el bajo astral y que anhelan ser rescatadas. Hay almas que han cometido importantes errores para consigo mismas, como el del suicidio, o bien perjuicio severo al prójimo y que vagan errantes por los mundos inferiores a la espera de un rescate. Como es abajo es arriba, de forma que también hay una especie de “sanatorios” en esos bajos mundos donde pueden ingresar las almas que comienzan a percatarse de su comportamiento equivocado en la Tierra. En ese rescate, conducción y cuidado pueden participar las almas altruistas.

 

En las altas esferas del astral se nos da también en obsequio el tomar plena conciencia del bien que hemos podido originar a terceros en vida física. A menudo el bien realizado sobrepasa nuestra capacidad de observación, de forma que no nos hacemos conscientes de sus consecuencias. En estos casos al igual que en el bajo astral, pero en diferente sentido, se nos brindará la oportunidad de vivir en carne propia ahora las consecuencias del bien originado.

 

El astral superior es también denominado en algunas escuelas espirituales el “Primer Cielo”. Es allí donde comenzaríamos a vivir las recompensa de todos los actos nobles, de todos los gestos generosos y altruistas, de todo movimiento de acercamiento, de curación de reconciliación realizados en la encarnación. Dicen que cada gesto es devuelto de tres a diez veces. Se nos graba así a fuego la necesidad de hacer el bien a otras personas. Vivida la grabación-vivencia del mal realizado a otros, ahora tocaría gozar esa grabación vivencial del bien volcado hacia otros.

 

En realidad estamos cayendo en una simplificación excesiva al referirnos únicamente a un bajo y alto astral. Algunos tratados ocultistas, siguiendo la pista de la lógica septenaria, nos hablan de siete niveles. Más allá de esas precisiones que en realidad se escapan a nuestros conocimientos, deseamos reparar en lo sustancial de que aquí y ahora nos estamos construyendo nuestra propia morada en el más allá. Nuestras obras, deseos y pensamientos definen nuestra vida más allá de la llamada muerte.

 

Como es abajo es arriba. Al igual que en la Tierra en el Cielo. Para hacernos una bella mansión en este mundo, primero habremos de acumular una importante suma de dinero en el banco. Igualmente para conquistar al otro lado del velo una luminosa estancia, habremos de haber acumulado previamente recursos espirituales. Habremos de haber hecho acopio de méritos en nuestro “banco” de registros kármicos.

 

Igualmente es necesario señalar que si nada esperamos de la vida en el más allá, nada obtendremos. Si nos negamos a abrigar la mínima esperanza en la vida más allá de la tumba, nada viviremos. Dice la ciencia oculta que en el astral encontraríamos un ancho páramo sin vida, una suerte de asolado páramo donde irían a parar esos seres que en nada quisieron creer y que, si tampoco han cosechado ningún merito en la tierra, allí permanecerían durante largo período. Allí se demorarían hasta que su propio alma les despertaría y les invitaría a tomar conciencia de su situación.

 

 

Muerte astral

 

Es la segunda muerte, primero hemos de abandonar el cuerpo físico, pero después llega el momento también del abandono de nuestro cuerpo astral o de las emociones. Annie Besant lo expresa de una forma poética: “Los deseos se debilitan y desvanecen al punto de que no puedan detener por más tiempo al Alma entre sus lazos”. Primero dejamos un cadáver físico y después dejamos un cadáver astral. Primero devolvemos a la Madre Tierra el cuerpo que nos ha cedido, después devolvemos igualmente a la esfera astral los materiales que nos permitieron formar nuestro cuerpo astral. Esos materiales poco a poco se irán desintegrando. Vivimos por lo tanto una segunda muerte. El abandono del cuerpo astral y la salida de este plano representa esa segunda muerte.

 

La conciencia se va por lo tanto poco a poco despegando de un cuerpo astral cada vez más gastado. El alma ve despejado el acceso al mundo celestial. Abandona el “kamaloka” o mundo de los deseos y su conciencia se instala ahora en el mental . Tras un tiempo en los mundos astrales, las pasiones y los deseos van perdiendo fuerza y el alma experimenta la separación de esos aspectos perecederos de lo que constituye nuestra naturaleza imperecedera.

 

 

Devachán

 

El cuerpo astral se desintegra, libera al alma y ésta cae de nuevo en un estado de sopor, como en un sueño. El alma recupera la conciencia, despierta en la esfera mental. La vida mental, al igual que la astral es de enorme intensidad. El mundo astral llega hasta la esfera lunar, pero la esfera mental puede alcanzar mucho más lejos.

 

La esfera mental, al igual que los demás esferas, está subdividida en siete subplanos. Los cuatro inferiores corresponden a los pensamientos con forma, mientras que los tres superiores pertenecen a los pensamientos sin forma, de gran sutileza. En muy diferentes tratados veremos los cuatro subplanos inferiores del mental identificados con el Devachán. En sánscrito quiere decir morada de los Devas o Ángeles o morada de bienaventuranza. El glorioso Devachán, representaría igualmente el auténtico “Cielo” para los cristianos, el “éxtasis de los justos” que diría Vicente Beltrán Anglada. Ahí aguarda al alma un período fundamentalmente de descanso, de restablecimiento del equilibrio.

 

En el astral ya hemos consumido por lo tanto, siquiera hasta la próxima encarnación, la fuerza del deseo y de las emociones negativas. Hemos prescindido también del lastre de los pensamientos cotidianos, muchos de ellos ligados a esos deseos. Hemos agotado todo lo inferior y llegamos a un destino de felicidad sin tacha.

 

El alma en esta esfera del mental concreto o Devachan  sintetiza todo lo aprendido en su última  encarnación y lo guarda. Se asegura así que nunca “perderá” lo aprendido. Al volver a encarnar podrá utilizar esos “aprendizajes conquistados” en vidas pasadas. Lo que hemos ganado por lo tanto no se pierde. Afirma el teósofo Enrique Renard: “La Madre Naturaleza, que es una Madre Amante, se preocupa de que sus hijos no pierdan lo que han incorporado a su bagaje, tan a menudo incluso con dolor.” Esa información se recoge en el átomo simiente o permanente, la memoria en la que se deposita lo que somos, nuestra “ficha” de identidad espiritual, que después se alojará sintetizada en nuestro cuerpo causal. (Las diferentes enseñanzas difieren algo en la clasificación los mundos mentales, más allá de la diferenciación entre inferior y superior. Esta diferencia de clasificación es por lo demás comprensible, en la medida que son mundos más inasequibles desde nuestra condición física actual. La escuela Metafísica de Conny Méndez y la Escuela Rosacruz de Max Hendell nos hablarán por ejemplo de Cielos. Para ellos el mental superior equivaldría al Tercer Cielo, siendo el Primer Cielo, el astral superior y el Segundo Cielo el Mental inferior.)

 

Al comienzo viviríamos un período más o menso prolongado de inconsciencia semejante al experimentado al acontecer la muerte física. Lo mismo que necesitaríamos un período de vida prenatal antes de ingresar en la vida física, necesitaríamos una preparación para ingresar en la vida del Devachán. Durante ese período se vivificaría la materia del cuerpo mental y el átomo permanente,  nuestro  “pen-drive” infinitesimal que recoge la memoria de todas nuestras vidas pasadas, finalizaría su labor de absorción de toda la información. Después en la esfera causal se elaboraría la síntesis.

 

En el Devachán hallamos la absoluta paz. Nuestros más elevados anhelos fructifican en esta dimensión. Afirma a este respecto Annie Besant en su libro “Formas de vida”: “La Naturaleza da a cada uno en el Devachán la satisfacción de todos los deseos puros”. Los más nobles pensamientos que hemos albergado en nuestra existencia física se podrán allí desarrollar. Dicen los tratados sobre el tema que no hay ser humano capaz de describir la gloria del Devachán, que no es posible compartir la dicha de despertar en esos mundos celestiales. Al alma recién desembarcada le serán presentados colores de tonos desconconocidos, la atmósfera estará invadida de música y brillo. Se verá plenamente envuelta en luz y armonía. A poco de ser acogida en esa nueva esfera, le aparecerán los seres que ha amado en la tierra con sus rostros más jóvenes y lozanos, imbuidos de virtuosos sentimientos, sin rastro de perturbación alguna. De esta forma lo expresa la teósofa inglesa en su libro ya referido: “la entidad devachánica se halla rodeada por todos los que amó en la tierra, con un cariño puro, y que verificándose la unión en el plano del ego, no en el plano físico, se encuentra libre de todos los sufrimientos que serían inevitables, si la entidad devachánica estuviese presente conscientemente en el plano físico con todas sus alegrías y pesares ilusorios y transitorios”.

 

Añade en otro párrafo de la obra a propósito de las relaciones familiares: "Estamos entonces con aquellos que hemos perdido en la forma material y más cerca, mucho más cerca de ellos que cuando nos hallábamos encarnados. Y no tiene esto lugar en la fantasía de la entidad devachánica, como algunos pueden suponer sino en realidad; pues el amor puro y divino no es tan sólo la florescencia del corazón humano, sino que tiene sus raíces en la eternidad. El amor santo espiritual es inmortal y el Karma hace que más tarde o mas temprano, todos los que se aman con un afecto espiritual semejante, encarnen de nuevo en la misma familia".

 

Por su parte Vicente Beltrán Anglada se refiere de esta forma a ese mundo célico: “Es un estado de conciencia que puede durar cientos de años, viviendo solamente al amparo de la ley de la paz, de la fraternidad, de la justicia, del gozo, de la felicidad suprema, la felicidad que está al alcance de cada una de las conciencias… En este Devachán, la persona, como digo, está viviendo todo aquello que quiso hacer y no pudo realizar, de todo aquello que quiso vivir y el karma se lo impidió, vive una vida realmente de delicia, de felicidad”.

 

El Devachán sólo da paso a los pensamientos de signo altruista, por lo tanto nuestra existencia en esos planos sólo podrá ser de dicha. Allí estaría vetado el dolor, las lágrimas, la carencia, la limitación. Ello corroborará lo que afirma Vicente Beltrán Anglada en el sentido de que “la verdadera recompensa del discípulo se halla en el Devachán”. Con esto el erudito pretende expresar que a menudo los sinsabores de la vida pueden cernirse sobre el discípulo que sirve. Sin embargo no necesariamente ha de encontrar en la tierra recompensa a todo su sacrificio. Es probable que esa recompensa la halle en las esferas de descanso en el Devachán.

 

Valentín García López nos presenta otra certera descripción de este mundo superior o devachánico que apunta en el mismo sentido: “En ese mundo todos los pensamientos elevados y nobles, todas las aspiraciones altruistas, y todo lo puro que generó durante su vida terrestre se agrupa en torno a él formando una especie de cascarón mediante el cual puede responder a ciertas vibraciones del mundo celeste. Cada uno de estos nobles pensamientos es una ventana a través de la cual mira, desde su cuerpo mental, la gloria y la belleza del mundo devachánico. Si la persona estuvo muy apegada a las cosas del mundo físico, tendrá muy pocas ventanas por las cuales esa gloria brillará cerca de él. Si la persona fue muy altruista y altamente evolucionada, tendrá tantas ventanas que tendrá plena conciencia en el mundo celeste y se podrá mover en su cuerpo mental tan libremente como el ser humano físico. Inspeccionará campos de conocimiento superior que se extenderán ante él.”

 

Alimentar por lo tanto elevados pensamientos en la tierra, es la forma de procurarnos “ventanas” para el disfrute en esa gloriosa dimensión. Más hemos elevado nuestra mente, más hemos amado y servido, mayor será la paz y el gozo en esas esferas celestiales. La gloria la conquistamos aquí, en la tierra, donde encontramos necesidad, donde hay desafíos y en esa medida posibilidades de entrega. En el Devachán desarrollamos las cualidades que en vida no pudimos desarrollar. Materializamos nuestras más nobles aspiraciones. La intensidad de nuestra estancia en el Devachán dependerá de la vida que aquí llevemos.

 

No obstante y tal como señalan algunos autores, será preciso tener en cuenta que nuestra mente se encuentra en un estado aún muy poco evolucionado, hasta tal punto que algunos no dudan en definir este estado como “mineral”. Una inquietud por abrigar pensamientos generosos y altruistas, un mayor desarrollo mental, nos permitirá por lo tanto un mayor gozo y posibilidades de exploración en esos mundos. Serán los seres que más controladas tienen las emociones, quienes más se habituaron a razonar y a pensar de forma elevada, quienes mejor se podrán desenvolver en esta dimensión.

 

Dice la arcana sabiduría que en el Devachán las almas establecen unos lazos de fraternidad que no conocemos en vida física. Las separaciones de tiempo y de espacio quedarían diluidas. A este respecto escribe también Arthur Powell en su libro sobre el cuerpo astral: “De esta manera, la belleza que rodea al hombre en el Devachán aumenta, de acuerdo con la riqueza y la energía de su mente. El estudiante debiera esforzarse por comprender que el plano mental es un mundo vasto y espléndido de vida. En él vivimos ahora, lo mismo que en los períodos entre encarnaciones físicas. La falta de desenvolvimiento y las limitaciones, impuestas por el cuerpo físico son las que nos impiden darnos cuenta, plenamente, de que la gloria del cielo más excelso nos envuelve aquí y ahora; de que las influencias, procedentes de ese mundo, actúan sobre nosotros; pero no somos capaces de comprenderlas y de recibirlas.”

 

Más evolución manifestamos, más se prolongará nuestra estancia en el Devachán. De esa forma nuestra vida en el astral se verá mermada en beneficio de un mayor tiempo en el mental superior. A nada que hayamos llevado una vida física mínimanente altruista y generosa, nuestra vida más allá del velo, será fundamentalmente una vida en esa dimensión celeste. Allí es donde reposamos, nos reconfortamos y cobramos fuerza para poder acometer lo más exitosamente posible la vida en la materia.

 

Tal como ya hemos señalado anteriormente, hay autores que señalan que la duración de nuestra vida física con respecto a la de los mundos espirituales y concretamente con respecto a la del mental puede ser de 1 a 17, pero en muchos casos podría aumentar, alcanzando la proporción de 1 a 20 o incluso de 1 a 30. En definitiva, nuestra permanencia en el esa morada de dicha superior se prolongaría hasta que se consume la fuerza de los pensamientos puros y altruistas que hemos albergado, tanto en nuestra vida física como astral.

 

De cualquier forma, es preciso señalar que para el Discípulo avezado en el Sendero el goce del Devachán es optativo. Puede renunciar a su estancia en el Devachán para poder servir más en la tierra y acelerar su evolución. En esos casos hace una solicitud a su Maestro para reencarnar cuanto antes y ser lo más útil posible en el servicio a la Gran Fraternidad. Así lo expresa el Maestro Tibetano a través de Alice Bailey: “Cuando el ente humano se halla en el Sendero, controla conscientemente su destino y agota su karma, los intervalos entre dos encarnaciones serán más o menos breves, según la elección que haga el hombre en beneficio del trabajo a realizar y de acuerdo a su intención de liberarse de la forma”.

 

 

Mental superior o mundo causal

 

Dicen los textos teosóficos al uso que al final de la vida devachánica, que como hemos visto puede durar diferentes períodos, llega al cuerpo mental su turno de ser desechado, como les sucedió a los otros, y comienza entonces la vida del humano en el cuerpo causal.
Una vez más Triguerinho nos revela esta final etapa de una forma sencilla: “El individuo es atraído hacia su centro interno, abandonando finalmente todos los cuerpos de la personalidad. Lo que queda de ella a esta altura es una síntesis, como si fuera una semilla, guardada por la memoria sutil del individuo, y que servirá para atraer los materiales de la próxima personalidad para una futura encarnación sobre la Tierra.”

 

(En esta cuestión también reina cierta confusión. Hay sensibles diferencias según el autor a quien consultemos. Hay quienes identifican la estancia del individuo en el Devachán con la estancia en el mundo causal o mental superior y hay quienes la diferencian. En realidad estamos más ante una cuestión formal de definiciones que de fondo. Por nuestra parte no deberíamos pronunciarnos sobre una cuestión que se nos escapa, sin embargo a efectos meramente prácticos optamos por diferenciar Devachán y esfera causal, pues ésta clasificación nos parece más completa y coherente. )

 

El individuo, desnudo ya de sus propias vestiduras o cuerpos, entraría por lo tanto en la vida verdadera, la vida del alma. Tras la muerte del mental inferior o tercera muerte, nace a una nueva gloria de vida y de color, gozando de una estancia celeste. Va despertando a un mundo sin igual, a una felicidad inefable. Permanece en él antes de retomar una nueva encarnación. Puede escuchar las melodías más excelsas y verse bañado por una luz resplandeciente. Así como no debe mediar dolor en la separación del cuerpo astral y mental del físico, tampoco deberá haber sufrimiento en la nueva separación. Dicen los tratados de que ni siquiera el alma deberá apercibirse de esos cambios, tomando sólo conciencia de que se ha iniciado en el más glorioso y reparador reposo.

 

El alma residirá a partir de entonces en su propio hogar original, su cuerpo causal o “patria nativa”. Ahí viviría un período de mística interiorización, así como de asimilación de las experiencias vividas y programación. El cuerpo causal constituiría por lo tanto el quinto vehículo del alma (si incluimos al etérico), pero goza de una especial característica: no se desintegra  vida tras  vida como  ocurre con el resto de los vehículos. Más al contrario va ganando en tamaño, en colorido. Al comienzo era apenas una pompa de jabón. Dicen las enseñanzas teosóficas que a medida que evolucionamos, el  cuerpo  causal  va perdiendo su forma ovoide originalmente y se  va  transformando paulatinamente en una esfera de una  luz y colorido inefable. Así lo explica Enrique Renard en su curso de Teosofía: “El cuerpo causal va creciendo producto de los nuevos aprendizajes, de la nueva vida que va viviendo. Se van incorporando en él las impresiones de lo que ha aprendido en la última vida en términos de posibilidades vibratorias. En la siguiente vida se  encontrará  con posibilidades, con disposiciones, ciertos poderes y ventajas, que no se pueden atribuir a ‘dones de Dios’ (Dios no da unos dones a unos y se los priva a otros), sino a sus propios méritos. Esas cualidades representan por lo tanto conquistas de sus vidas anteriores. Todas las posibilidades, los vehículos, el espacio… evolutivos se nos otorgarían gratis,  mientras que el esfuerzo y el trabajo sin embargo han de ser nuestros”.

 

Según postula otra escuela teosófica, la “Rakoczy”: “El alma en su cuerpo causal no necesita ‘ventanas’, pues todas las paredes se han desvanecido; pero como la mayoría de los hombres tienen tan sólo una oscura conciencia de sus alrededores en estas alturas, descansan allí por un poco de tiempo, apenas conscientes, pero asimilando sin embargo los pequeños resultados de la reciente vida terrestre.”

 

El alma por lo tanto se habría ido retirando de los diferentes planos físico, astral y mental, hasta que queda revestida únicamente del vehículo o cuerpo causal. La sensación tras esta tercera muerte (primero la física, después la astral y por último la mental), parece ser de indefinible bienestar y de ganas desbordadas de vivir. Ese gozo que trasciende los sentidos sería la esencia de los mundos superiores del alma. He aquí la morada de las Grandes Almas, de los Mahatmas, de los Iniciados, las regiones de suprema armonía. En su cuerpo causal las almas están privadas de todos los ingredientes negativos. Nuestra permanencia en ese mental superior dependerá de nuestro grado evolutivo. Si no hay mucho que sintetizar no permaneceremos mucho tiempo. Las personas más desarrolladas permanecerán más tiempo sintetizando.

 

Cuando el conjunto de nuestra personalidad se reintegra por lo tanto en el alma, podremos conocer el resultado de la encarnación finalizada y en esa medida comenzar a planificar nuestra siguiente encarnación. La programación prenatal, que hoy en día se han puesto tan de moda merced a los libros del norteamericano Robert Schwartz se realizaría ahí, en el mundo causal con la asistencia de los Guías, Tutores o Señores del destino. En esta esfera celestial fundamentalmente descansamos y proyectamos, es decir gozamos de la Gloria de Dios en su plenitud y visualizamos las condiciones idóneas para el desarrollo de nuestra siguiente encarnación. Estudiamos lo que nos hará falta para el mayor progreso de nuestro siguiente descenso a la materia. Así describe este momento el rosacruz español Francisco Nacher López:

 

“A quienes han alcanzado un nivel determinado de evolución, se les da a elegir la vida que quieren desarrollar, presentándoles varias opciones posibles. Pero eso no ocurre con todos. Los demás, al no haber ‘despertado’ el alma lo suficiente, se ven obligados a vivir la vida que los Señores del Destino les asignan y que es, siempre, la más conveniente a sus necesidades evolutivas.

 

El alma desde su morada en las dimensiones más elevadas del mundo mental, elige la vida que quiere que la personalidad lleve, el karma que pagará, etc. En la región del pensamiento abstracto del mundo del pensamiento, libre de vehículos y acompañado solamente de sus cuatro átomos-simiente (átomos que guardan la memoria de todas sus vidas), ha asimilado todas las enseñanzas y ha hecho suyas todas las experiencias de la última vida, y siente deseos de renacer de nuevo en el mundo físico.”

 

Nuestra estancia en los mundos mentales superiores o causales puede variar de dos o tres días terrestres a un largo período de vida consciente y gloriosa, tratándose de personas excepcionalmente avanzadas. Según los tratados teosóficos, a medida que progresamos en la evolución, la permanencia en los niveles inferiores, tanto en el astral como en el plano mental, se acorta gradualmente, en tanto que la vida superior se vuelve más extensa y llena.

 

 

Consejo kármico

 

El mental superior sería el marco del encuentro con lo que se denomina Junta o Consejo kármico. Según la tradición arcana, este Consejo está constituido por: el Ángel del Nacimiento, el Ángel de la Justicia, el Ángel del Tiempo y el Ángel de la Muerte. En términos cristianos ellos serían los encargados de llevar adelante el Juicio final, pero a la luz de toda la información que nos está llegando, es probable que esa concepción hubiera quedado algo desfasada. La tradición oculta habla de los Grandes Señores del equilibrio cósmico que tendrían la función de hacer valer la Ley superior del amor cuando ésta es conculcada. Estarían faltos de toda emocionalidad y pasión y por lo tanto no premiarían, ni castigarían, pero sí tratarían de hacer ver al humano que ha de asumir la responsabilidad de todos sus actos.

 

¿Cómo sería ese encuentro a la luz de esa información que nos está llegando? Será preciso quitarse esa idea acentuadamente inquisitorial con respecto a dicho Consejo, por lo menos cuando se trata del encuentro con seres de conciencia, capaces de reconocer sus propios errores. El Consejo kármico sí adoptaría actitudes más severas para con quienes no desean reconocer los errores cometidos. El mal ha de ser controlado y limitado. Sin embargo a nada que el ser alcanza un nivel de conciencia capaz de reconocer las propias faltas, el encuentro sería de una naturaleza bien diferente. “¿Qué tal te fue? ¿Pudiste cumplir con las metas que te trazaste? ¿En qué hallaste mayor dificultad?...” Ése es el tenor del intercambio del ser mínimamente evolucionado con el Consejo, a la luz de la información que nos está llegando, vía psicoanalistas e investigadores que han explorado a través de procesos del método de hipnosis. Entre estos estudios son de destacar los realizados por Michael Newton.

 

La noción de castigo no se concibe en las esfera más evolucionadas cuyos seres se guían por la Ley superior del Amor. Lo que ha de primar es la voluntad regeneradora, la determinación de superación, las ganas de hacerlo mejor. Si ese anhelo mora en el interior del ser, no habría necesidad de adoptar por parte de la Jerarquía espiritual actitudes de mayor rigor.