La naturaleza es muy  gradual en todo lo que hace. Se nos otorga por ello un tiempo ilimitado para  adquirir la perfección humana. La teosofía postula que, en el pasado, en nuestro dilatado esfuerzo evolutivo, llegamos a alcanzar la perfección en otros Reinos. Ahora habríamos de alcanzarla en esta condición humana. Necesitaríamos muchas encarnaciones para lograr esa realización. El teósofo Enrique Renard nos habla de un millón de años. Nada más, ni nada menos que alrededor de 13.000 encarnaciones terrestres.

 

Annie Besant se refiere de esta forma al tiempo del reposo célico, así como a las condiciones del retorno a la tierra: "El tiempo medio de la estancia en el Devachán, es de diez a quince siglos, nos dice H. P. Blavatsky, y efectivamente, el ciclo de quince siglos es de los más señalados en la historia. El ego está entonces pronto para volver y trae consigo su experiencia entonces aumentada y cualquiera otra adquisición que haya hecho en el Devachán en el campo del pensamiento abstracto; pues mientras se halle allí puede adquirir, en cierto modo, más conocimiento; esto es puede desarrollar cualquier facultad que haya amado y deseado durante la vida terrestre, siempre que se relacione con cosas abstractas e ideales, tales como la música, la pintura, la poesía, etc.” ( Hay que aclarar que Annie Besant identifica la estancia en los mundos causales con la estancia en el Devachán)

 

Los mundos espirituales son por lo tanto dimensiones plenamente instaladas en la libertad. Allí donde está Dios, está la libertad. Ésta nos es otorgada hasta extremos que nos puede resultar incluso difícil concebir. No nos faltará asesoramiento en el diseño de nuestras encarnaciones, pero la última palabra es la nuestra. Nosotros somos los que tomamos las decisiones, tras haber sido aconsejados por nuestros guías o tutores. Todo ello nos invita a interiorizar que en verdad cada uno de nosotros, por muy condicionados que nos podamos ver en algún momento, somos los hacedores de nuestro futuro; por lo tanto los diseñadores de nuestra felicidad o de nuestra falta de ella.

 

Si hemos alcanzado un cierto nivel evolutivo, nadie toma por nosotros una decisión que incumba a nuestro futuro. Como es arriba es abajo. Al igual que un padre cuando su hijo adquiere la mayoría de edad, le otorga la merecida libertad para tomar las decisiones que le conciernen, en los mundos espirituales ocurriría otro tanto. Es decir, una vez el alma ha adquirido una cierta madurez, está en condiciones de adoptar las decisiones que más le pueden beneficiar para su propio desarrollo.

 

La planificación de la siguiente encarnación, tal como hemos señalado con anterioridad, se realiza en el mundo causal. Todo diseño y proyección se realiza en el plano del alma. Al volver a encarnar, el individuo que aspira a nacer físicamente (“nasciturus”) no dispone de un cuerpo mental, ni tampoco astral. El mundo dévico concurrirá para construir esos cuerpos. El mundo dévico es el constructor de las formas de todo tipo, es la energía constructora que sigue al pensamiento. En lo que se refiere a nuestro cuerpo, este proceso es dirigido por el ya mencionado ángel custodio que tiene a su gobierno toda una inmensa prole de ínfimos elementales, que son en verdad los obreros encargados del cometido. Se trata de una cantidad ingente de elementales para la construcción primero del cuerpo mental, después el astral, después el vital y por último el físico. Al vibrar de nuevo el átomo simiente  mental atraerá material mental y así sucesivamente con el resto de los átomos. En un plano analógico podríamos hablar de un “collar” cuyas “perlas-átomos” se despliegan y atraen a la materia correspondiente. Con la muerte (en realidad con las tres muertes de cada uno de los cuerpos) las “perlas-átomos” se repliegan de nuevo en el cuerpo causal.

 

Tal como ya hemos señalado, la muerte no nos hace mejores personas. Volvemos al mismo nivel en el que anteriormente nos hallábamos. Los materiales con los que construiremos nuestros cuerpos, corresponderán a su nivel de vibración en la última encarnación. Es decir quedan las mismas debilidades y fortalezas de carácter. Si uno en su encarnación anterior se ha dado a la bebida, necesariamente en la nueva encarnación acusará esa debilidad, pero ello no indica que de nuevo necesariamente ha de caer en el vicio. Su nuevo cuerpo tendrá esa tendencia , pero evidentemente volverá a disponer de fuerza de voluntad para poder neutralizar esa tendencia negativa. Su cuerpo astral contendrá materia capaz de dar expresión al mismo deseo, pero podrá utilizar ese material de otra manera y salir por lo tanto airoso. Recordemos en este punto que la materia astral se gasta y reemplaza constantemente. Nuevos materiales más refinados se pueden ir por lo tanto adhiriendo a ese cuerpo astral en ciernes. El vicio no lo es por siempre y la virtud contraria puede comenzar a aflorar en su lugar. El objetivo es que en la nueva encarnación esa materia de más baja vibración se quede sin vivificar y se atrofie por falta de uso.

 

En el principio era el verbo. Un sonido mántrico emitido por una entidad angélica sería la señal para que todo ese proceso de construcción dévica arrancara de nuevo. El período de descanso habría concluido. El mundo físico aguardaría para que el alma se pueda poner de nuevo a prueba. El amigo Valentín García López afirma a propósito del impulso reencarnatorio del alma. “Sólo cuando el alma humana se entierra en la materia, puede medrar y crecer, de la misma manera que la semilla en la tierra”. Abandonamos nuestra verdadera patria en los mundos del alma, cuando nos sentimos preparados para afrontar un nuevo reto de crecimiento en la materia. Si hemos alcanzado cierta madurez evolutiva, atenderemos la nueva encarnación como un nuevo reto para el alma. Haremos acopio de interior fuerza para mejorar, embellecer este mundo, para llenarlo de más amor y compasión. Observaremos cómo podemos hacerlo mejor donde antes erramos y causamos daño; cómo podemos comenzar a saldar, en alguna medida, las deudas que en vidas pasadas habríamos contraído con nuestros semejantes...

 

En el Paraíso también "tick, tack...". Allí también somos despertados. Incluso de la Gloria hay que apearse. Llegará allí también la hora impostergable. Si queremos que esa dicha sea a perpetuidad, habrá que volver a solicitar turno y revestirnos de carne; habrá que bajar a estos valles donde realmente se conquista esa dicha sin fin. Así expresa esa necesidad Annie Besant, en su trabajo “Formas de vida tras la muerte”: “las experiencias adquiridas han sido asimiladas por completo y el Alma principia a sentir de nuevo la sed de vida material sensciente que sólo puede satisfacerse en el plano físico. Mientras mayor es el grado de espiritualidad alcanzado, mientras más pura y más elevada ha sido la vida terrestre precedente, tanto más larga es la estancia en Devachán, mundo de los afectos espirituales, puros y elevados…”

 

“Nada se regala en la tierra, nada en los Cielos”, ya estábamos advertidos. Antes de acudir a destino, al alma le es presentado un abanico de cuatro posibilidades de futura encarnación. Son cuatro diferentes guiones en función del grado de dificultad que desea encarar. El alma habrá de escoger una sola. Ese momento es relatado por Hermann Hesse en un revelador poema. El gran literato suizo-alemán nos lo ilustra muy bellamente:

 

“Allí escuché la pregunta del Ser

¿Te atreves a vivir esta vida?

Pues, la hora de la decisión ahora ha llegado…”

 

En realidad antes de volver a desembarcar en los valles de este mundo, nuestra alma sabe lo que le aguarda. Ha habido un proceso largo de estudio y planificación en todo momento asistidos por un Guía, Ángel o Tutor. Finalmente seríamos consultados por ese ser celestial para confirmar nuestra aceptación. En el relato de Hesse, ese ser protector y orientador es el que inicia la conversación.

 

Estamos aquí, ahora en medio de este mundo físico, luego todo indica que nuestra respuesta debió ser afirmativa. Previamente habríamos descartado otras propuestas que se nos habrían presentado, después de haberlas examinado y ponderado de forma pormenorizada.

 

“Se me mostró el mal y el bien

Se me mostró la abundancia de mis defectos

Se me mostró la herida que me haría sangrar

Se me mostró la ayuda de los ángeles”

 

Desde esa “colina” ante el futuro, divisamos la vida que nos aguardaba. Allí se nos debió presentar el guión básico, lo que en breve habríamos de olvidar. Los hitos fundamentales de la vida, por supuesto no la letra pequeña, pues ello obraría en contra de nuestro libre albedrío.

 

En líneas generales, en razón de nuestros méritos y deméritos adquiridos, intuimos al otro lado la orilla qué existencia nos aguarda en la materia. Sabríamos de los momentos difíciles, duros, ingratos, con sus pruebas de dolor, de enfermedad, de soledad…, fruto todo ello de nuestro egoísmo, de nuestra inconciencia pretérita... Nada nos debería coger de sorpresa. La trama fundamental estaba establecida, la herida también ya estaba preparada, lista a abrirse en el momento acordado. “Ya sabemos de la herida que nos hará sangrar…”, pues nosotros mismos, absolutamente nadie más, nos habríamos acercado a un dolor más o menos punzante. A estas alturas del “juego” no conviene rechazar las consecuencias del mal sembrado…

 

“Antes de venir a esta vida terrenal

Me fue enseñada cómo yo viviría

Allí estaba la preocupación, allí estaba la tristeza

Allí estaba la miseria y carga de sufrimiento

Allí estaba los vicios que a mí me iban a acompañar

Allí estaba el error, que me iba a aprisionar

Allí estaba la pronta ira, que me iba a encolerizar

Allí había odio y arrogancia, orgullo y vergüenza…”

 

Pero igualmente los rayos del sol en mitad de los inviernos ya están también grabados en nuestras mejillas. Sabemos en líneas generales del panorama desafiante que habremos de afrontar, pero igualmente sabemos de la asistencia superior que mereceremos; intuimos los momentos de entrañable fraternidad, de sana felicidad, los momentos de genuina dicha…, de los que también seremos dignos.

 

“Pero también estaban las alegrías de aquellos días

Tan llenos de luz y de bellos sueños

Donde no había queja y no había castigo

Y por todas partes brotaban dones y gracias

Donde el amor estaba todavía unido a una apariencia terrenal

Y la salvación se otorga sin ataduras/dependencias

Donde está el hombre apartado del dolor humano

Y donde se considera uno como un Elegido de los Altos Espíritus”

 

Al dejar la colina sobrevendrá el olvido, al quedar presos del traje terrenal, se esfumará el recuerdo. La vida en la materia irá discurriendo y con la madurez irá aflorando la visión de la colina. Constataremos que era una visión ajustada a ciencia, en razón del karma sembrado y de las virtudes igualmente puestas en acción. Es en la madurez, cuando tomaremos igualmente conciencia práctica de que absolutamente nada se regala, ni en un sentido, ni en otro; de que todas las situaciones que, de uno u otro signo, cosechamos, responden a acciones o actitudes anteriores nuestras. Con ese conocimiento nos alcanza una paz que no tiene límites, una profunda sensación de que todo está en orden, de que nada es porque sí.

 

Finaliza así el poema del visionario Herman Hesse:

 

"Ésta es la vida que quiero vivir!"

Dije yo como respuesta, con una voz firme

Así fue como yo entré en la nueva vida

Y acepté en mí, tranquilamente, mi nuevo destino

Así fue que yo fui a nacer en este mundo.

Yo no me quejo, aunque a menudo no me gusta

Porque, sin haber nacido, dije yo que sí.”

 

Herman Hess

 

“¡Todo está bien!”

 

Con la aceptación de ese orden, nosotros sumamos al gran Orden. Nos hacemos participes de la creación. Hasta ese momento nosotros no somos partícipes conscientes de la corriente de la Vida, pues nos hallamos aún en conflicto. No llovemos con la lluvia, no nevamos con la nieve, no irradiamos con el sol.

 

Es la aceptación lo que nos trae una paz sin medida. Nos ahorra los muros por aporrear, las palabras gruesas por pronunciar, la ira a desatar… “¡Todo está bien!” no quiere decir que yo no voy a trabajar por transformar la realidad, quiere decir que acepto la ley de consecuencia, de la siembra y la cosecha. “¡Todo está bien!” no es boleto gratuito para tirarnos al sofá, sino aceptación de que el presente que estoy viviendo es sólo fruto del pasado que yo he cosechado. Aceptar mi destino, asumir el “¡Hágase Tu Voluntad!”, no quiere decir que yo no deba intentar transformar este escenario que he elegido para evolucionar. Aceptación es siempre sumisión a la Voluntad superior, pero no a la de los humanos, cuando esa voluntad conculca el principio supremo del amor fraterno.

 

 Aceptar mi destino no me exime de trabajar a favor de la justicia social, por el progreso de la solidaridad y de los valores de hermandad. “¡Todo está bien!” significa que yo no voy a introducir un elemento añadido de desarmonía. Quiere decir que si es verano sudaré a mares por los caminos, si es invierno nevará, se cerrarán las carreteras y yo estaré en paz. Si llega la gripe, ahondaré en esa paz e intentaré recibir la enfermedad con su merecida sonrisa. Me alcanzará igualmente la muerte y le propinaré su debido abrazo. “¡Todo está bien!”, quiere decir que yo saludaré los desarreglos, las injusticias, las desigualdades colectivas porque aún estaban en nuestro guión, pero que también con toda mi fuerza, con toda mi paz, con toda mi compasión, seré agente para que esa desigualdades, esas injusticias vayan cediendo.

 

La enfermedad, la separación, el disgusto…, vinieron en el momento oportuno para sacudir  nuestra conciencia cuando era necesario. Nada es gratuito, todo tiene su razón profunda y de esa razón nosotros (nuestras acciones, deseos y pensamientos) somos la clave. La aceptación nos proporciona un nuevo anclaje en la vida. Hay una vieja rebeldía que puede ceder, que nos hacía daño, pues arrojaba una y otra vez las verdaderas responsabilidades fuera.

 

Aceptación es recuerdo de ese “sí” que pronunciamos en la colina donde nos fue presentada nuestra vida, pero aceptación es sólo la primera parte, porque después habremos de intentar mejorar la vida, tanto para el prójimo, como para nosotros. Renovar  nuestro compromiso de dar lo mejor de nosotros al encarnar, es un buen arranque para la nueva aventura en la Tierra.

 

 

La liberación

 

La condición humana no sería para siempre. Nuevas etapas evolutivas nos aguardarían una vez completada toda nuestra evolución como humanos, una vez que hemos conquistado la perfección. Si hemos alcanzado pleno dominio de nuestros cuerpos, es decir si el alma gobierna enteramente nuestro cuerpo físico, astral y mental, si ya han cesado totalmente nuestras pulsiones inferiores alcanzaremos la maestría. La condición suprahumana tiene infinidad de nombres: Mahatma, Alma grande, Maestro ascendido, Maestro de amor y sabiduría, Hermano mayor… Estamos hablando de los mismos Grandes Seres que ya no habrán de volver en cuerpo físico a la tierra, pues habrán completado su larguísimo itinerario evolutivo, pues habrán salido ya de este mundo de expiación y de pruebas. Podrán dejar este escenario de constante experimentación y superación y salir de la Rueda reencarnatoria que los hindúes denominan Samsara. Una vez alcanzada su realización, se le abren al ser, que podemos ya considerar suprahumano, diferentes posibilidades evolutivas.

 

El Maestro Omraam Mikhäel Aïvanhov lo explica de una forma metafórica y poética: “Del mismo modo que el fruto se separa del árbol, que el núcleo o la semilla se separa del fruto, el alma se separará un día del cuerpo. El cuerpo es el envoltorio del alma y el alma es la semilla que será sembrada en lo alto, en el cielo. El día en que el fruto del hombre esté maduro, ya no caerá de nuevo a la tierra como la semilla de una planta, sino que volará hacia el cielo."

 

 

¿Destino escrito?

 

El alma valiente no incluye a nada, ni nadie entre ella y lo que le acontece. Sabe que la casualidad y la muerte son mentiras de parejo diámetro, que antes de revestirse de carne ella remontó atalaya y programó. Ella se anunció a sí misma la caricia y el arañazo, los días dichosos y los aciagos. El alma valiente sabe de los adversarios que colocaría en su tablero para abrazarlos, de las injusticias que sufriría para minar su odio. Sabe de las enfermedades que padecería para unirse al sufrimiento del mundo, para restañar el mal que ocasionó a otros. Sabe que la ternura que recibe, es la misma que la ha regalado. Sabe de la hermandad que gozaría para conocer el Norte, para desechar para siempre la guerra, la grande, pero sobre todo la diaria y más pequeña. El alma valiente es aquella que se responsabiliza de cuanto le acontece, que no culpa a terceros, que asume por entero el sol que templa sus días, así como las tormentas que los empapan.

 

Por lo tanto, ni determinismo absoluto, ni juego de dados. Ni existencia ya atada por otros, ni dominio de la suerte. Antes de nacer nuestra vida se enfocaría, pero no se fijaría. Necesitamos margen de actuación, margen de superación y por lo tanto de evolución. El enfoque de nuestra existencia, su grandes hitos vendrían marcados por nuestro karma acumulado, pero también por nuestra libre voluntad. Esta programación prenatal la diseñaríamos con superior asesoramiento.

 

La libertad es tesoro en la herencia del humano. Creamos nuestra propia realidad. Esta tan rotunda, como extendida máxima es válida a un lado y al otro de la realidad, en la dimensión física, también en la espiritual. La conciencia que vamos adquiriendo nos legitima para poder adquirir mayores cotas de libertad y por lo tanto de poder y responsabilidad. El Universo vela por la vida; el Origen custodia su creación. La libertad y el poder se otorgan a medida en que vamos evolucionando. Evidentes razones de seguridad van privando de libertad a los seres que ocasionan daño a otros. Ello hasta que se hagan de nuevo acreedores de confianza. En la medida en que nosotros somos capaces de observar nuestros propios errores, en la medida en que medra en nuestro interior un propósito de enmienda y voluntad de reparación, la Vida nos responde en positivo. La Vida ya no tiene que protegerse de nosotros, porque nosotros ya comenzamos a defender la Vida y su continuidad, su perpetuación, su armonioso discurrir.

 

Dicen la tradición oculta que “Dios nos da un vehículo, pero nosotros establecemos la velocidad.” Para las almas iniciadas en el Sendero, la libertad es valor supremo a un lado y otro de la realidad. Aquí las libertades se conquistan, allí son, allí representan herencia incuestionable siempre que hayamos adquirido un determinado nivel de desarrollo. Un mayor grado de libertad y poder es inherente a universos evolucionados. En la Tierra hay que trabajar en pro de las libertades cada vez que se conculcan, en las dimensiones espirituales éstas no son cuestionadas. Nuestro campo de decisión y actuación estará por lo tanto en función del desarrollo de nuestra conciencia. Más conciencia alcancemos, más jerarquía, es decir más responsabilidad y por lo tanto servicio nos serán encomendados. La Vida no nos otorgará por mucho tiempo una libertad que nosotros no sabemos utilizar adecuadamente. Para ello no es necesario ahondar en profundidades esotéricas. Como es arriba es abajo, tal como ya hemos señalado, basta observar la familia y el campo de libertad creciente de que va disfrutando el adolescente en la medida en que va haciendo gala de responsabilidad.

 

El alma que va a encarnar se reúne por lo tanto con sus Guías espirituales para preparar su encarnación futura. Nosotros decidimos nuestro destino, pero si esa afirmación es constatable en el mundo físico, más lo será en las dimensiones espirituales. Recibimos consejo y orientación por parte de seres que nos aman y conocen profundamente, que saben mejor que nosotros lo que nos conviene en función de nuestras necesidades evolutivas, sin embargo la última decisión será nuestra. Dónde, cuándo, cómo volvemos a asomarnos a este mundo; dónde, cuándo y cómo ponemos el pie sobre la tierra es una decisión reservada en última instancia a nosotros mismos.

 

Sí, nuestro futuro lo decidimos en sus pautas más generales antes de nacer. Antes de venir aquí, ya hemos trazado las líneas más importantes de nuestra siguiente encarnación física. Gozamos por lo tanto de potestad sobre el nacimiento y sobre la muerte. Dentro del margen que nos concede la Ley del karma, tenemos capacidad de decidir sobre la duración de nuestra vida en la materia, sobre los días que deseamos estar físicamente encarnados. Dentro de las posibilidades que nos concede nuestro haber y deber ante la Ley, tenemos la facultad de diseñar los grandes hitos por los que discurrirá nuestra siguiente encarnación. Al otro lado del velo recapitulamos nuestra anterior encarnación, descansamos y programamos. Podemos pasar en las dimensiones espirituales mucho más de tiempo de lo que constituye nuestra encarnación terrestre. Ello nos dará una idea de hasta qué punto son cuidadosos y meticulosos estos procesos tanto de recapitulación, como de programación.

 

Ninguna crucial cuestión queda al azar en ese proceso de programación, sí por el contrario la letra pequeña y las cuestiones menores. Todo ello representaría precisamente el campo del libre albedrío en la siguiente encarnación. Venimos con una programación en sus grandes líneas, pero gozamos de un campo de libre actuación mayor o menor, en razón de la conciencia conquistada. El guión grande sí esta escrito, no así el pequeño. Venimos a la vida física con determinadas tendencias ya positivas, ya negativas. Desconocemos en qué medida desarrollaremos nuestras tendencias generosas y altruistas y en qué medida seremos capaces de superar y trascender en el día a día nuestras tendencias inferiores. Esa es nuestra humana y apasionante aventura, eso es lo que aquí y ahora nos estamos jugando. Eso es por lo tanto, lo que hemos de escribir, lo que hemos de redactar, ayuda de Dios y los Grandes Seres por medio, con nuestro cada vez más esmerado testimonio.

 

 

A propósito de esas tendencias que encontrará en la tierra el alma encarnante afirma Annie Besant: “El Ego (alma) al cruzar el vestíbulo del Devachán en su salida del mismo para el renacimiento en la tierra, encuentra en la ‘atmósfera del plano terrestre’ las semillas del mal, sembradas por él en su vida precedente en la tierra. Durante el reposo devachánico se ha encontrado libre de todo dolor, de toda pena; pero el mal que hizo en su pasado ha permanecido en un estado de suspendida animación, no en estado de muerte. Lo mismo que las semillas sembradas en el otoño, para germinar en la primavera, permanecen dormidas bajo la superficie del suelo, pero tocadas por la menuda lluvia y el calor permanente de sol, principian a hincharse y el embrión se dilata y crece, así las semillas del mal que hemos sembrado permanecen dormidas mientras el Alma reposa en el Devachán; pero extienden sus raíces en la nueva personalidad que principia a formarse para la encarnación del hombre que vuelve.”