A la luz de la ley del karma, todo cuanto viviríamos en el presente, ya sea de una índole u otra, tendría su origen en nuestras acciones, deseos o pensamientos del pasado. Nada ocurriría porque sí. Todo esto nos lo muestra con claridad el campesino. Si planta semillas de manzano sabe a ciencia, cierta que nunca, crecerá ahí un melocotonero. El sabe que recogerá lo que sembrará. Por eso se afana en hundir en la tierra las más esmeradas semillas, por eso hemos de ensayarnos nosotros igualmente en sembrar en los surcos de nuestros días nuestras más virtuosas obras. Nada escapa a la ley de causa y efecto, sin ella la existencia tornaría caos al instante. Gracias a ella podemos explicarnos las grandes diferencias entre los humanos al nacer, su condición social, su fortaleza o debilidad física, las condiciones más o menos favorables que le aguardan.

 

 

Interiorizar la ley de causa y efecto y obrar en consecuencia es preparar el camino para una existencia más feliz. A la luz de esta ley, sabemos que el mañana está sólo en nuestras manos, que somos los exclusivos artífices de nuestro destino. El conocimiento de la ley nos invita a la aceptación de una entera responsabilidad sobre nuestro presente. Nos ahorra la escapista reacción de echar sobre las espaldas de un tercero la responsabilidad de lo que nos ocurre. Tanto lo bueno como lo negativo que nos acontece es fruto de lo que hemos sembrado en el pasado. El mañana por lo tanto sólo está en nuestras manos. En las de nadie más.