¿Cómo íbamos a alcanzar la perfección si hubieran puesto el cronómetro en marcha, si los días resultaba que estaban contados, si los plazos fueran tan cortos y la tarea tan larga? ¿Como íbamos a alcanzar la perfección sin haber respirado todas las flores y surfeado los diferentes océanos? ¿Como nos íbamos a emplear en la perfección, si no nos concedían la existencia sin fin? No somos perezosos, empezamos muy atrás, rodando como piedras en los caminos, suspirando por el sol en forma de verde tallo, ociqueando entre las matas, escalando las empinadas rocas a cuatro patas.

 

Cielos y océanos vinieron a susurrarnos que la vida era eterna, que ella nos regalará los plazos que necesitemos para enmendar los errores, para soplar sobre las heridas que infligimos. La vida nos regalará ocasión para correr todos los mundos y volar todos sus aires y bucear todas las aguas; para retar todos los abismos, para amar en los lechos acordados, para morir en todas las trincheras.

 

 

Fe que suma a la lógica

 

Aceptar la reencarnación es aceptar la justicia divina. Hay muchas  diferencias entre los humanos. No sería correcto vincular esa diversidad, unos con dones y cuerpos sanos, otros con deficiencias y cuerpos malformes, al puro arbitrio. Todo lo contrario, no existe un Dios arbitrario. Solo el pasado puede justificar esa disparidad. Ese pasado nos aboca necesariamente a pensar que ha habido vidas pretéritas, y por lo tanto a justificar la reencarnación.

 

Afirma Annie Besant que la reencarnación es esencialmente evangelio, buena nueva, porque pone final a la desesperación de la vida una. Además la reencarnación según la que fuera líder de la Sociedad Teosófica “promueve el esfuerzo, se solaza con la proclamación del éxito final y asegura la permanencia de cada fragmento, de cada semilla, de cada bondad en nosotros, con tiempo suficiente para que el menos evolucionado florezca en perfección”.

 

En la medida que avanzamos en el estudio, vamos descubriendo que el misterio, lo ignoto siempre interpelante se sostiene en una lógica cada vez más sólida. La esperanza se ve fortalecida en esos libros y tratados, sin embargo no constituyen su exclusivo apoyo. La esperanza se nutre de esos esclarecedores postulados de la ciencia divina o arcana, pero se ve sobre todo sostenida por una fe crecientemente fortalecida. La esperanza se nutre de nosotros mismos, del anclaje en el alma, de vernos ganados por ese anhelo de devenir mejores personas.

 

No alentamos un postulado meramente teórico, vivimos una esperanza que poco a poco va cobrando fuerza, la fuerza de que el Cielo (o Jerarquía) nos acompaña y atiende nuestro anhelo profundo de transformación, de superación. Nos asiste la fe de que ese deseo encuentra complicidad. El Cielo nos dotaría de esas oportunidades de mejorarnos encarnación tras encarnación. Nuestra esperanza está asentada en la vivencia aquí y ahora del amor infinito de Dios, Padre-Madre. Instalados en esa fe, exploramos después los libros y observamos con admiración cómo el mundo y la vida se fundamentan en esa lógica pregonada por sabios e iniciados, por importantes tradiciones espirituales. Observamos cómo las preguntas que anteriormente no hallaban antes respuesta, en la medida que el estudio progresa, las van encontrando.

 

Sólo intentamos contagiar ese pasmo, esa admiración. Sólo intentamos ser humildes transmisores de esa lógica superior, que por supuesto, no tenemos ningún rubor de reconocerlo, tan a menudo nos desborda.

 

 

 

Retorna el alma

 

Somos divinos, pero no perfectos. Por ello retornamos para continuar en ese sostenido y casi eterno ensayo. Al igual que la semilla ha de caer en la tierra para germinar, el alma ha de volver a este escenario para crecer y evolucionar. Flujo y reflujo, encarnación y desencarnación, desarrollando en nuestro interior facultades escondidas. Ya habríamos por lo tanto estado aquí. Ya habríamos vuelto una y otra vez a la tierra en ese anhelo de nuestro alma de constante mejora y purificación. Volveremos a marchar y retornaremos, así multitud de veces hasta lograr la perfección (Nirvana), la ascensión, la realización…, como quiera que llamemos a la culminación de la experiencia humana.

 

El alma existe antes de tomar cuerpo. Vuelve una y otra vez a la tierra en manifestaciones diferentes. Vive las más diversas experiencias, se pasea por los diferentes continentes, las razas, las religiones…, pues tiene que integrar todas esas lecciones diversas. Este postulado de la sabiduría arcana bien podría servir para iniciarnos en un mayor desapego con respecto a nuestra conciencia de clase, de nación, de religión… El saber que vamos adoptando encarnación tras encarnación, los roles más diferentes y a la vez necesarios para nuestro proceso evolutivo, debiera servirnos para tomar conciencia con respecto a la importancia del papel que en esta concreta vida hemos decidido ejercer.

 

Llega un momento en que la máquina física-biológica deja de ser útil para la evolución del alma y decide prescindir de ella. El alma es consciente de que en el futuro se podrá hacer con otras máquinas para proseguir esa evolución. Encarnación tras encarnación iríamos desarrollando cualidades y poderes latentes. El alma es asesorada al otro lado del velo por los Guías y Protectores, por seres muy evolucionados, que desean lo mejor para nosotros y nos orientan sobre las futuras condiciones de vida física que nos puedan proporcionar un mayor aprendizaje. En los mundos del espíritu, el alma asimilará las experiencias de la encarnación anterior y proyectará su siguiente encarnación, contando en todo momento con esa privilegiada asistencia.

 

“No, yo no creo en la reencarnación…”, podemos escuchar a menudo cuando se abordan estos temas. Nosotros tampoco creemos en la reencarnación, no es una cuestión intelectual, tratamos de vivir de forma consciente y despierta la experiencia reencarnación. Por supuesto erraremos si tratamos de ganar a alguien para ese sentimiento profundo en el que nos sentimos anclados. La reencarnación no merece ser sometida a debate. Cada quien ha de saber a lo que libremente aspira. La encarnación representa la evidencia del amor infinito de Dios al procurarnos las mil y un oportunidades de crecer, de pulirnos, de acercarnos a su Misterio. Dicen que lo que más quiere Dios es que volvamos a Él. Por lo tanto ese amor no lo ponemos a debate, lo mismo que no sometemos a debate el amor fraterno, filial, marital… Vivimos y nos deleitamos en esa infinita generosidad del Origen de toda vida. Las creencias se las lleva el tiempo, las vivencias profundas quedan ancladas en el alma. Vamos tras una Luz que pretendemos anclar en nuestro interior, de forma que sea más nuestra presencia, no necesariamente la palabra, la que sugiera esa filiación divina, la que invite a una mirada sin fronteras, la que llame a una vocación de eternidad.

 

La reencarnación no representa un conocimiento académico añadido, sino algo más íntimo y vital. No es una simple teoría que leímos en un manual, no forma parte de una colección de creencias que hemos adoptado, es algo más profundo, forma parte sustancial de nuestra vivencia. Es conciencia del sentido mágico y generoso de la vida, es precaución con respecto a la materia y la forma que pretenden asirnos. Es comunión con amor infinito de Dios Padre-Madre que, encarnación tras encarnación, nos invita a purificarnos, a aquilatar nuestra alma, a soltar lastre y devenir seres mejores, más perfeccionados.

 

La reencarnación es profesada por cientos de millones de seres en la tierra y la postulan también dos de las más importantes religiones de la tierra, el budismo y el hinduismo. La ley de la reencarnación es subsidiaria de la ley del ritmo o periodicidad, una ley que podemos constatar por doquier. Todo vuelve, todo retorna, bajo otras formas, pero siempre con la misma esencia. Nuestra alma se acerca al “ropero” de nuevos cuerpos, se reviste y vuelve con nuevas vestiduras. Así una y otra vez, siempre que se le otorga esa bendita oportunidad de encarnar, siempre que se prestan padres para ese supremo cometido. Así hasta que ya no hay lecciones por aprender, hasta que hemos alcanzado la pura perfección, el absoluto dominio de nuestro cuerpo físico, de deseos y mental.

 

El retorno lo podremos observar en infinidad de fenómenos de la vida. La ley del ritmo la podremos constatar en las mareas, en el palpito del corazón, en los días y las noches, en la migración de las aves, en el ciclo de las cosechas… ¿Si todo retorna por qué se iba a perder el alma, porque no iba retornar ella también de otra forma, por qué no iba a tener boleto de vuelta lo más esencial de nosotros mismos?

 

La casualidad por lo tanto no se contempla en el Plan Divino, tampoco en nuestro plan particular o diseño de vida. El azar sólo sería el desconocimiento de la Ley. Dios es generoso y por eso nos permite equivocarnos, por eso nos concede la posibilidad de enmendarnos. Las leyes de consecuencia y de reencarnación representan por lo tanto la base del orden y de la justicia cósmica. De no ser de esa forma, el azar o lo que es lo mismo el caos, el desorden y la injusticia camparían a sus anchas. Sin embargo, cada quien encuentra lo que le corresponde, lo que ha previamente ha sembrado o precipitado. Es ahí donde se ancla igualmente la ética del tiempo.

 

Dice el Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov a este respecto: “… el conocimiento de esta ley de la reencarnación es también uno de los fundamentos de la moral. Mientras no se haya instruido a los humanos sobre esta ley de causas y consecuencias que sigue actuando de una existencia a las siguientes, podemos intentar que mejoren dándoles todos los sermones que queramos, pero esto no sirve de mucho, no cambian. Y no sólo no cambian, sino que se rebelan al considerarse víctimas de la injusticia social, envidian y combaten a los que consideran más privilegiados que ellos, y de esta forma no hacen más que complicar la situación. Pero aquél que sabe que las dificultades y las pruebas que encuentra en su existencia son el resultado de sus transgresiones pasadas, no solamente acepta sus dificultades, sino que se decide a trabajar para el bien, con el fin de mejorar sus encarnaciones futuras.”

 

 

Reencarnación e Iglesia

 

La preexistencia del alma es un postulado muy manifiesto, tanto en los nuevos como en los antiguos evangelios, tanto en los ortodoxos, como en los apócrifos, sin embargo no vamos a abundar en una reseñas bíblicas que se pueden consultar con facilidad en Internet y en los tratados que circulan sobre la reencarnación. Preferimos centrarnos en una presentación actualizada de todo este antiguo compendio de sabiduría.

 

Sólo apuntar que la creencia en la reencarnación implica una visión absolutamente liberadora de la existencia, otorgando al ser humano pleno protagonismo sobre su destino. Ello pone en claro entredicho la necesidad de una casta sacerdotal que opere de intermediaria. Es decir, la reencarnación socava como nada los pilares sobre los que se ha levantado y sostenido durante siglos el dogma y la propia Iglesia. Si la idea de la reencarnación hubiera progresado oficialmente, se habría puesto en cuestión la necesidad de una intermediación entre los fieles y el Cielo.

 

Somos a imagen de Dios y nosotros oficiamos en nuestro interior. No estamos obligados a otorgar poder en él a quien no deseamos. La reencarnación anula también el principio de la condenación eterna del que tan triste uso ha hecho la Iglesia. Durante siglos las clases menos instruidas eran atemorizadas por este privilegio que se autootorgaba la Iglesia católica. La reencarnación hace saltar todos esos temores, con lo cual se cuestiona ese poderío desmesurado de la Institución. ¿Para qué entonces la existencia de una Iglesia, si yo soy el protagonista de mi propio avance evolutivo?

 

Se ha jugado hasta nuestros días con el miedo y la excomunión. La gestión de ese temor por parte de la Iglesia institución se revela, gracias a Dios, cada vez más ineficaz. Poco a poco se va vertiendo más luz a propósito de estas cuestiones fundamentales, poco a poco se va debilitando ese monopolio de la fe y la verdad.

 

 

Desapego

 

Nos dicen los Maestros que pertenecer a una cultura, a una religión incluso a una clase social es una experiencia limitada en el tiempo. La ley de la reencarnación nos invita también a distanciarnos del sentimiento de pertenencia exclusivista. Asumir esta ley es también garantía de adhesión a una conciencia cada vez más abarcante. Este conocimiento nos libera de la prisión que implica una excesiva identificación con un grupo humano determinado; nos devuelve la conciencia de peregrinos.

 

En nuestro recorrido de infinito recorreríamos los diferentes pueblos y las razas, las diferentes condiciones sociales, religiones... (No obstante señalar que no saltamos de una punta a otra de nuestro globo en cada encarnación. Más bien nos demoramos varias vidas en cada una de las geografías. El tránsito a otras situaciones siempre es de forma paulatina). Es por ello que ninguna otra condición humana nos debiera resultar ajena. A la luz de esta ley, cobra plena vigencia el saludo maya que reza “Yo soy tu otro tú” (“In lak Ech”). Necesitaríamos de todas esas experiencias para podernos completar. Cada nación, cada raza, cada religión, por supuesto cada género, condición social…, nos reportarían experiencias únicas y a la vez imprescindibles para evolucionar, para adquirir una conciencia más completa y a la vez inclusiva.

 

 

El Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov lo expresa con claridad en estas palabras: “Un país es nuestra patria sólo durante esta encarnación. ¡Cuántos franceses han detestado Alemania o Inglaterra sin pensar que en una encarnación precedente fueron alemanes o ingleses y que entonces detestaron Francia!... Esta ley es la misma para los países del mundo entero y vale también para las religiones. ¡Cuántos cristianos odian a los judíos o a los musulmanes, sin imaginar ni un segundo que, en otra encarnación, ellos mismos han sido judíos o musulmanes! Y ocurre igual con los judíos y los musulmanes… Pertenecer a un pueblo o a una religión siempre es una experiencia limitada en el tiempo.”