No se graba únicamente lo que nos ha acontecido en nuestra anterior vida, traemos con nosotros lo que nos ha acontecido en todas nuestras anteriores vidas. Somos, al fin y al cabo, el resultado de todas ellas. La tecnología analógica, pero sobre todo la digital nos permiten dar prueba y constancia de esta ley. Hoy en día podemos grabar cualquier acontecimiento y guardarlo en un soporte mínimo. Dicen los científicos que podemos guardar colecciones de vídeos en espacios tan reducidos como los de una mota de polvo. Si la humanidad ya dispone de esa poderosa tecnología capaz de grabar y reproducir fielmente cuanto acontece, ¿Que no será de la tecnología superior o celeste, infinitamente más avanzada?

 

En el pasado revelar la ley de la grabación en los círculos ocultos no era empresa fácil, no había referencias, no había ejemplos salvo los que hallamos en la propia naturaleza. Podemos grabar en el barro, en la piedra, en la hoja, en la madera…, pero esas grabaciones son toscas y rudimentarias. El soporte de la grabación puede ser mucho más sutil, invisible para los ojos humanos. Absolutamente nada quedaría sin ser registrado en la sagrada memoria del “éter”, también conocida como “Registros Akhásicos”, “Archivos ethéricos” o “Memoria del tiempo”.

 

Nuestros tiempos modernos en los que empiezan a confluir espiritualidad y ciencia vienen a corroborar este antiguo postulado de la sabiduría arcana. Vivimos ese tiempo grande, por siglos esperado, de las bodas entre ciencia y mística. Para la ciencia no resulta nada novedoso y extraño hablar hoy de grabación, sin embargo la ley de la grabación era ya sostenida por la tradición oculta desde hace mucho tiempo.

 

Nuestro disco duro particular lo constituiría un átomo minúsculo, denominado permanente o simiente, un diminuto “Registro akhásico” individual que permanece alojado en el ventrículo izquierdo de nuestro corazón. Sería el único punto donde el cirujano cardíaco no podría tocar, pues sobrevendría la muerte. Él constituye todo nuestro legado tras la vida física. Lo denominamos “permanente”, porque constituye el único átomo que “sobrevive” al cuerpo. De entre todos los innumerables átomos que forman nuestro cuerpo físico, el átomo simiente sería el único que perdura. El alma se lo lleva consigo. Todos los demás átomos mueren con nuestro cuerpo.

 

Afinando un poco más, en realidad cada uno de nuestros cuerpos albergaría su propio átomo simiente, de forma que tenemos un átomo permanente físico que alberga toda la información de nuestro actuar físico anterior, un átomo permanente astral que registraría todos nuestros sentimientos y deseos de nuestras vidas anteriores y por último un átomo permanente mental que registraría todos nuestros pensamientos de nuestras vidas anteriores. Hay autores que también aluden a un átomo simiente de nuestro cuerpo etérico o vital.

 

A la vuelta por lo tanto de nuestros olvidos, hay un lugar donde reposaría toda nuestra memoria. Nada se perdería de una vida a otra. Volveríamos al lugar, a las circunstancias que por Ley nos corresponden por los méritos adquiridos. Como es abajo es arriba. Somos células de este enorme cuerpo vivo llamado Tierra. La Tierra también tiene su mencionada memoria, sus registros donde se guarda cuanto le ha acontecido a la humanidad.

 

Al mundo causal o morada de nuestra alma se replegaría toda la información de nuestras vidas pasadas, todas nuestras experiencias. En ese mundo de las causas, guardaríamos el registro de cuanto nos ha acontecido en los mundos físico, astral y mental, al finalizar nuestras estancia en esas dimensiones. He ahí pues la “causa” de lo que en encarnaciones posteriores seremos. Al mundo causal vuelven por lo tanto las minúsculas memorias de forma que nada se pierda, todo quede grabado de forma indeleble. Si no hubiera memoria, si no hubiera esos soportes de memoria no habría Ley, no habría Justicia. Podemos dudar de la justicia en la tierra, pero no conviene que lo hagamos a propósito de la verdadera Justicia que gobierna desde los mundos superiores. Esa Ley, esa Justicia sin tacha lo puede ser porque previamente, todo lo acontecido, tanto a nivel personal (“átomos simientes o permanentes”), como a nivel colectivo (“Registros akhásicos”) ha quedado grabado para la eternidad.

 

Entrando en más detalle, distinguiremos dos tipos de memoria. La primera se encuentra en la región etérica del mundo físico en lo que la ciencia esotérica denomina éter reflector. Ésta es la memoria que consultan los magos y videntes sin vocación de servicio, los nigromantes. No sería de fiar, pues sufriría muchas alteraciones e interferencias. Los verdaderos Iniciados no la consultan. La Memoria con mayúsculas se encontraría en el mental superior o mundo causal. La visión allí es completa y diáfana. A esta Memoria se le denomina también de forma habitual, como ya hemos mencionado, “Registros akhásicos”, o “Memoria del tiempo”.

 

Tenemos pues nosotros memoria del tiempo y la tiene también la propia Tierra. En tanto en cuanto ser vivo alberga su propia memoria. Por ínfimo que sea nuestro “átomo simiente o permanente”, no deja de operar como un gigantesco disco duro natural en el que queda grabado hasta el más mínimo acontecimiento de nuestras vidas tanto recientes, como anteriores. Como es abajo es arriba, como es en pequeño es en grande, el acontecer externo es igualmente registrado en la memoria de la Tierra. Si no hay registro, no hay recapitulación, ni por lo tanto aprendizaje. Los Señores del Karma no necesitan de algo semejante a una “policía judicial” que investigue lo acontecido, pues disponen de fideligna información merced a estos archivos tan increíbles como infalibles.