Quizás no sean las mismas olas las que azoten nuestras barandillas. Ellas vienen y van. Marchan los seres queridos, pero volverán, al igual que nosotros, con otra faz, con otros cuerpos, pero con la misma y amable mirada, con la misma e imperturbable voluntad de seguir juntos creciendo. El momento actual lo que nos demanda es un acercamiento cada vez sensato a la muerte. Que más pronto que tarde podamos responder afirmativamente a estas importantes cuestiones que al respecto que nos plantean Alice Bailey y el Maestro Tibetano: “¿Son capaces de concebir que llegará el momento en que el acto de morir sea considerado el final triunfante que nos llevará a la vida? ¿Pueden imaginarse el momento en que las horas transcurridas en el lecho de muerte sea un glorioso preludio para el retiro consciente? ¿Pueden imaginarse el momento en que el hombre llegue a desprenderse del impedimento de la envoltura física y constituya para él, y quienes lo rodean, la tan esperada y feliz consumación? ¿Pueden visualizar el momento en que, en vez de lágrimas, temores y la negación a aceptar lo inevitable, la persona moribunda y sus amigos acuerden mutuamente la hora de la muerte y la felicidad caracterice el tránsito? ¿Que en las mentes de quienes quedan, no se alberguen ideas funestas y que el proceso de morir sea considerado como un acontecimiento más feliz que el nacimiento y casamiento? Diré que antes de mucho tiempo ésta será la actitud que asumirán los inteligentes de la raza, y paulatinamente todos.” (Del libro “Tratado de Magia blanca”)

 

Obra colectiva

 

Recién nos damos cuenta de que somos por y para la Obra colectiva. Erramos en el pasado, llegamos a pensar que éramos por y para nosotros y los que nos rodean, por y para la familia de sangre más o menos grande que quisiéramos acotar a nuestro alrededor. Recién comenzamos a salir de esa secular ignorancia y reparamos que somos para una Obra colectiva que alcanza su máximo esplendor cuando ésta se afina con el Plan Divino, con la Trama superior para esta Tierra bendita.

 

El mayor desafío humano es salir de la conciencia individualista, dejar de ver el mundo con nuestros propios y pequeños ojos, hacernos a la mirada colectiva. El mayor reto de nuestros días es seguramente tomar conciencia de esa Obra grupal y comprometernos crecientemente en ella. Quizás haya llegado la hora de olvidarnos en alguna medida de la firma personal, de conjugar el plural de los verbos, de sentirnos útiles para el avance de esa Obra compartida. A la postre el balance de nuestros días puede ser la estimación de esa contribución, de esa cuota de participación en el progreso de la Obra común.

 

Podemos cultivar el “olvido de nosotros mismos”, no en cuanto a desdeño del cuidado de nuestras necesidades físicas más elementales, sino en cuanto a superación del deseo del progreso de nuestra personalidad al margen o incluso a costa de lo colectivo. Somos almas encarnadas circunstancialmente en un mundo aún separado por los más diversos motivos. En la medida que esa conciencia de comunión nos impregne, irá cediendo ese retrasado sentimiento de individualidad y segmentación.

 

Dicen las Enseñanzas sin tiempo, ni propiedad a las que nos debemos que es necesario morir un poco cada día para estar preparados para el día de la muerte. La muerte a nuestros apegos, nuestras creencias caducas; la renuncia a nuestras emociones no elevadas, a los pensamientos no edificantes, la distancia con respecto a nuestras pertenencias, la desidentificación con cuanto nos rodea…, nos ayudará siempre en el tránsito necesario. Si morimos cada día, tendremos muy poco a lo que morir mañana; si morimos cada día, la muerte será la mejor noticia que podemos esperar, pues seguramente ya nos habremos ganado buena parte de ese Cielo anhelado. Estaremos retornando a ese mundo verdadero sin tuyo, ni mío, a esa esfera del compartir y ayudar sin medida, a ese dimensión de genuino amor en la que vivimos como hermanos.

 

 

Las enseñanzas espirituales que contemplan la reencarnación, nos dicen que no existe la muerte sino la transición hacia otros ciclos, hacia otros planos de vida, hacia los cuales se va y de los cuales se vuelve según el ritmo necesario para la evolución del propio ser, para el servicio a prestar al mundo y a los humanos. A la luz de toda la información que nos está llegando, pueda ser ese retorno de día en día más consciente. Por ello trabajamos y ésa ha pretendido ser la humilde contribución de este libro. ¡Ojalá algo de ello hayamos conseguido!