En la cabeza triangular del más fornido espermatozoide el ángel de la forma coloca por lo tanto el minúsculo átomo simiente del cuerpo físico. Toda la información del código genético va en ese átomo invisible a nuestros ojos humanos. Creamos más interrogantes que las certezas que descubrimos. ¿Cómo sabe el ángel de la forma cuál es el más fuerte espermatozoide para la crucial carrera hasta el óvulo? ¿En medio de enorme cantidad de espermatozoides, cómo elige al afortunado ese ángel que toma a su cargo nuestro cuerpo? ¿Cómo sabe en una mirada rápida y panorámica quién exhibe más músculo? Nuevos velos habrán de ir cayendo hasta poder desbrozar esos misterios. El ángel de la forma o elemental físico sería al cuerpo físico, lo que el ángel solar es al alma. El primero sólo nos acompaña una encarnación y después se libera, el segundo nos acompaña hasta que triunfamos, nos realizamos, ascendemos.

 

Estamos en la trompa de Falopio. Muchos espermatozoides quedaron ya atrás, pero los que aún persisten han de ser capaces de atravesar una densa mucosa con una consistencia parecida a la gelatina. Afirma, no sin su cuota de razón, Samael Aun Weor que es en realidad la Inteligencia superior la que establece la unión del espermatozoide con el óvulo. “No podríamos aceptar un fenómeno inteligente, sin una causa también inteligente.” Aún sin mentar Quien guía el proceso, la ciencia oficial nos da al respecto todo detalle. Explica el biólogo Daril de la Nuez  que la progesterona es una hormona segregada por las células que rodean al óvulo. Es capaz de atraer a los espermatozoides hacia este óvulo, indicándoles de esta forma el camino con una señal química muy específica que éstos reconocen. No sólo sería guía, sino que al parecer les da un impulso energético considerable, algo crucial para que éstos puedan desarrollar la fuerza necesaria para completar su camino.

 

Según el biólogo español los espermatozoides trabajan duro. Durante su carrera recorren entre 17 y 25 centímetros. Toda una hazaña habida cuenta de que un espermatozoide mide, en promedio, 0,09 milímetros. Su velocidad promedio de desplazamiento es de 3 milímetros por minuto. Así ilustra la escena el maestro Samael: “El movimiento del huevo femenino entre las aguas de la vida es lento, aguarda paciente que el espermatozoide del varón lo busque. El espermatozoide del varón impulsándose con su cola de pez, entre las aguas del caos sexual. Navega muy lejos en busca del huevo que le espera.”

 

Al entrar el espermatozoide en el en el óvulo materno se desencadena todo el proceso de fertilización de ese óvulo. Afirma la ciencia oculta que apenas se ha producido la fecundación, el espíritu de la madre se encarga de controlar y dirigir el proceso de construcción o formación del feto. El espíritu reencarnante estaría fuera del cuerpo físico de la madre, aunque dentro de su aura. Dice el rosacruz Francisco Nacher López que a los veinte días de la fecundación el espíritu del “nasciturus” penetra ya en el útero, aunque no en el feto y se encarga de velar por su formación y desarrollo, aún desde fuera.

 

Esto sería la mera y sintética descripción de lo que ocurre a un simple nivel físico, pero lo que ocurre en los niveles sutiles escapa a nuestra imaginación. No en vano Vicente Beltrán Anglada nos habla de que la concepción es un misterio iniciático, pues la energía que está en juego es la energía del propio Dios que quiere manifestarse. A ello añade que el nacimiento de un ser humano a la Vida es idéntico al nacimiento de un Sistema Solar, o de un Sistema Planetario, o de un grupo de Galaxias. “Todos nacen por un momento de concepción mística. ¿Qué es, entonces, el misterio de la concepción? Vds. saben que el sexo es la expresión más limitada del deseo, pero, que el deseo es fuerza motora, y cuando el deseo es impulsado por el amor, surgirá una nueva raza de hombres. Cuando los seres se amen, cuando el acto sexual sea puro porque existe amor, tendremos entonces otros ángeles superiores que cuidarán de este misterio de la concepción.”

 

 

 

"La casa está preparada"

 

Vamos de casa en casa, de cuerpo en cuerpo, en el anhelo de purificación en su interior del inquilino que somos. La madre nos presta el espacio sagrado para hacer la casa y los minúsculos “elementales” construyen la nueva morada. Los elementales son la más primaria expresión del mundo angélico, diminutos constructores de las formas, obreros gentiles, generosos de trabajo incondicional y sin tregua. Los ángeles de las formas son los diseñadores y arquitectos. Utilizan los mejores materiales, sobre todo los que nos corresponden por nuestro nivel evolutivo. Los “ladrillos” que conformarán nuestra morada física, etérica, astral y mental, no serán otros que los que los que nosotros mismos hemos amasado con el barro de nuestras acciones, sentimientos y pensamientos en la anterior encarnación.

 

La casa está preparada y nosotros la habitamos. Unos autores dicen que al tercer mes de la concepción, otros que al cuarto, de cualquiera de las formas parece ser que ese momento no es el mismo en todos. El apego a la tierra sería un motivo de más pronto "adueñamiento" del útero. El alma hasta entonces merodeaba, monitoreaba, pero llega un momento en que coge sus escasísimos “trastos”, sus diminutas memorias de todas las vidas y se traslada. Vamos de vida en vida bien ligeros de equipaje, en realidad es un fardo minúsculo. Nos referimos a ese liviano peso de los átomos simientes o permanentes, que se encargan de recoger todo lo que hemos sido. Somos memoria, en realidad es lo único que nos llevamos, recuerdo de lo que hemos vivido, recuerdo de la conciencia que hemos alcanzado.

 

El alma al entrar en ese útero, es un alma privilegiada. Otras muchas no pudieron habitarlo y se mantuvieron a la espera de la oportunidad. A esa alma se le entrega, al término de la gestación, posibilidad de poner un pie en esta tierra bendita y con ello disfrutar del perfume de las flores, de remontar al amanecer sus montañas soberbias, de bañarse en sus playas y lagos transparentes..., pero sobre todo posibilidad de hacer el bien a quien le rodea, saldar deudas, acrecentar conciencia….

 

Es el alma del hijo quien escoge a los padres. Se le presentan diversas opciones y ella se decanta. En realidad es la ley de afinidad la que establece los lazos. Más elevación espiritual de los padres, más pura alma podrán acoger. Dicen las enseñanzas espirituales que el nivel de evolución de la madre es más determinante que el del padre a la hora de la elección que realiza el “hijo”. Igualmente, más elevado el acto de la concepción, más luminosos ser atraerá la madre a su seno. En ese mismo momento de la concepción, el alma del hijo sabe que una morada se ha comenzado a crear para ella.

 

Es hacia finales del tercer mes en gestación o cuarto, cuando acontece el relevo, cuando el alma se empodera plenamente de su nuevo cuerpo. El “sutrama” o cordón de plata se completa y ello permite el descenso del alma. Las madres más despiertas toman conciencia de ese relevo en su interior. Coincide con el momento en que el “feto” comienza adquirir la forma humana, también cuando la madre comienza a sentir convulsiones y pataditas. Hasta ese momento es el alma de la madre la que se ha ocupado de la "casa" en construcción, a partir de ese momento, cede el gobierno a su inquilino, al alma de su hijo físico. Al principio quizás a ésta se le haga un poco pequeña la morada, acostumbrada como estaba en su anterior vida física a una más grande, pero poco a poco se irá haciendo al nuevo y reducido habitáculo. Es por ello que entrará y saldrá de la nueva casa (feto), hasta que tome completo dominio.

 

Habitamos y deshabitamos las casas… Habitamos la casa y a eso le llamamos nacimiento, deshabitamos la casa y a eso le llamamos muerte. Así vamos de morada en morada, intentando imprimir conciencia al instante, intentando ser mejores personas, más cuidadosas con la almas que nos rodean. He aquí los dos momentos más importantes de nuestra vida física: la casa está preparada y es cuando el alma coge morada para anclarse en la materia. "La casa está vacía" (así se refiere la sentencia esotérica a la muerte) y es cuando la abandonamos para divisarla desde lo alto y dar las gracias a ese hogar que nos albergó durante toda una encarnación física. ¿Cuántas veces nos han preparado morada a nuestro gusto, según nuestras necesidades evolutivas? ¿Cuántas veces lo seguirán haciendo? Tan sólo que ahora comenzamos por fin a susurrar esas incontenibles “gracias”; tan sólo que ahora tomamos conciencia del enorme trabajo y despliegue que queda atrás, antes de que nos avisen de que tenemos la “morada preparada”. Ahora sabemos que estamos en deuda con nuestros Guías y Protectores que nos orientaron en la nueva encarnación, con el ángel de la forma que se encarga de la conformación, dirección de “obra” y mantenimiento de nuestro cuerpo, con los trillones de elementales que se ocuparon propiamente de la construcción de ese cuerpo...

 

¿Cuán ajenos hemos vivido a tanta maravilla? No podemos detener los vientos huracanados que ya fuimos, pero podemos proteger los futuros vientres, podemos honrar y cantar a la siempre renovada vida. ¿Cuánta ignorancia se adueñó de nosotros hasta convertirnos en devastador huracán? Llegamos a convertirnos en violento, agresivo, inconsciente viento que destruía moradas. No podemos hacer desaparecer el vendaval que fuimos, no podemos echar para atrás la historia, pero podemos preparar para venideras almas otro futuro, podemos tomar conciencia de la sacralidad de todo vientre, de la magia inconmensurable de todo el proceso, compartir esta conciencia… Podemos ser continuadores de esa magia de la vida, guardianes de esos úteros, protectores de las criaturas que ya gatean, de las almas, que desde allí arriba, desde las superiores dimensiones espirituales, avistan ya las costas de la vida física y valientes se disponen a habitar nuevo y bien afinado cuerpo.

 

 

No eran las cigüeñas, eran los ángeles

 

El trabajo de los ángeles en las construcción de los cuerpos humanos es todo un proceso mágico del que recientemente comenzamos también a tener conocimiento. Apenas comenzamos a levantar el velo y la fascinación nos inunda. Estudiamos y compartimos, pues el alma no quiere sólo para sí aquel asombro que le gana y desborda. Estudiamos y agradecemos, pues ese asombro culmina en la rendición ante la creación maravillosa. ¿Será que hemos tardado tanto tiempo hasta inundar nuestro corazón del debido, del siempre pendiente agradecimiento? ¿Será que por fin recién comenzamos a iniciarnos también como constructores y defensores de la vida? Decía el teósofo del siglo pasado Geoffrey Hodson, que el corazón abierto es la disposición de ánimo con que uno ha de acercarse al portal del templo de la Naturaleza y Su interior santuario. “Allí dentro los Dioses esperan; los que carecen de edad; los sacerdotes perennes que sirven, desde la aurora creadora hasta el crepúsculo, dentro del templo que es el mundo natural.”

 

Cada uno de los paseos comienza a tornar inevitable reverencia, no en vano comienza a nacer en cada uno de nosotros el reconocimiento de la presencia divina en todas las manifestaciones de vida. El mencionado clarividente neocelandés, uno de los más eminentes teósofos del siglo XX, pone voz a ese reino angélico, paralelo e ignorado: "Es esencial creer en nuestra existencia… Detrás de todo fenómeno encontrarás un miembro de nuestra raza. Ha de darse a conocer la presencia de nuestras huestes invisibles… Es importante el incremento de seres humanos capaces de ponerse en contacto con nosotros. El método más fácil para ello es el amor a la naturaleza. Quienes deseen encontrarnos tendrán que aprender a intimar mucho más que lo que habitúa la humanidad en su conjunto. Además de una captación más honda de la hermosura de la naturaleza deberá evidenciarse esa reverencia hacia todas las formas y modalidades, hacia la totalidad de sus múltiples manifestaciones.”

 

Hablan “las huestes invisibles”, nos invitan a acercarnos a su mundo mágico y a ir acrecentando nuestra unión y cooperación: “Habréis de vivir un sentimiento vivo de unidad con la naturaleza hasta que puedas descubrirte en cada árbol, en cada flor, en cada hierba, en cada nube que pasa y comprender que las múltiples diversidades que constituyen un valle, un jardín o un vasto paisaje montañés, marino o celeste son tan sólo manifestaciones del Yo Único que mora en ti… Una vez conseguida esa comprensión estarás en el umbral de nuestro mundo, habrás aprendido a ver con nuestros ojos, a conocer con nuestras mentes, a sentir con nuestros corazones…” El texto es también de Geoffrey Hodson. De él y del discípulo avanzado español, Vicente Beltrán Anglada, obtenemos toda la información que aquí compartimos del mundo angélico.

 

No es sólo la maravilla del escenario conmovedor que nos rodea, es también la maravilla que cada uno constituimos. Somos también obra de esas huestes angélicas, de esas “manos de Dios”, de esa jerarquía mágica y generosa, paralela a la humana, y a la que recién comenzamos a expresar nuestro infinito agradecimiento. Ahí fuera construyen todo nuestro escenario, aquí dentro construyen también todos nuestros cuerpos. Es el mundo angélico o dévico al que poco a poco nos iremos acercando hasta fundirnos en una total Comunión, tal como está establecido en el Plan Divino para nuestra Tierra bendita

 

El proceso de construcción del cuerpo humano no difiere del de la planta o el animal. Así nos lo hace saber VBA: “El Logos hace sonar su ‘palabra’, ‘retransmitiendo’ en los mundos inferiores la Fuerza-Palabra prístina. Se establecen allí los campos magnéticos, se introduce en ellos la materia y, con la ayuda de los devas es moldeada en formas que evolucionan. Estas formas, vivificadas por la Vida divina, se convierten en la morada de las inteligencias (las Mónadas) en las fases mineral, vegetal, animal, humana y superhumana del desarrollo.”

 

La jerarquización del mundo angélico es enorme, no obstante, en orden a la simplificación, nos limitaremos aquí a una única y doble clasificación. Por un lado encontramos a los ángeles propiamente, es decir los miembros de dicha jerarquía paralela que han alcanzado la individualización; “los que han transcendido el estado de conciencia grupal, análogo al que viven los espíritus de la naturaleza y los animales; hay ángeles de muy diversos grados de desenvolvimiento.” (VBA)

 

Por otro lado están las miríadas de pequeños elementales. Estamos hablando de las microscópicas criaturas etéricas, a las que nos referíamos al comienzo del capítulo como incansables constructores de las formas. Se encargan de absorber la materia de la atmósfera circundante. Son elementales sustanciadores que condensan el éter del espacio constituyendo con el mismo una materia densa. De una forma muy abstracta y a la vez generalizada, diremos que son los peones constructores bajo el mando de los ángeles constructores.

 

El discípulo español, cuya excelsa misión consistió en revelar a la humanidad los pormenores de este Reino, nos proporciona detalles sobre la labor constructora en los diversos reinos. Compartimos aquí la asombrosa descripción que realiza del proceso de construcción de una planta: “Cada cambio de estructura y color reclama otro grupo de constructores y cuando empieza a formarse el bulbo, entra en escena un apropiado orden de espíritus naturales. Los elementales son considerados normalmente como aquellos pequeños espíritus de la naturaleza que algunas personas que tienen una visión especial pueden ver entre los árboles, en los claros de los bosques y en otros lugares. Estos seres nunca se convierten en hombres. Bajo la denominación general de hadas y duendes, estos espíritus de los elementos aparecen en el mito, fábula, tradición o poesía de todas las naciones, antiguas o modernas.”

 

 

Asistencia incondicional

 

Según nos revelan los clarividentes en el reino vegetal hay por lo tanto un tipo especial de elementales para cada parte de la planta, ya se trate de tallo, brote, hoja, flor… Así describe Geoffrey Hodson el proceso de formación en ese mundo: “En el meollo de cada semilla existe un centro vivo que contiene los resultados almacenados de la estación anterior como posibilidad vibratoria. El despertar estacional o agitación en pos de la vida en un sueño apropiado produce un equivalente sutil del sonido".

 

Como ya hemos señalado en el capítulo correspondiente, en el ser humano hay igualmente un centro vivo que tiene la capacidad de acumular memoria. Ese centro es el “átomo simiente” o “permanente”, el átomo capaz de guardar la memoria de nuestras vidas anteriores. Es el único e infinitesimal átomo que logra sortear a la muerte, llevándose consigo el tesoro del recuerdo. En realidad acumula un ancho recuerdo, pues ese átomo guarda la memoria de todas nuestras anteriores vidas. Es a partir de esa memoria que los ángeles y elementales construirán el nuevo cuerpo.

 

Ya hemos visto con anterioridad como ese átomo simiente es colocado por el ángel constructor en la cabeza del espermatozoide más fuerte. Desde dentro del óvulo el átomo emite un sonido. Es la llamada al trabajo en las regiones elementales, es el toque dirigido a los minúsculos operarios del mundo dévico, que los ángeles tienen a su cargo. En la “construcción” del ser humano hay también un alto grado de especialización elemental. Los constructores de las formas se ponen a la tarea, bajo las dirección de los ángeles. En cada momento de la gestación, el átomo emitirá por lo tanto un sonido diferente que convocará a un tipo de elementales concretos, para un trabajo determinado.

 

Alrededor del átomo permanente físico será estructurado el nuevo cuerpo humano, en un proceso enteramente dirigido por los ángeles o devas, si bien sujeto a la influencia solar del alma. Según afirma Vicente Beltrán Anglada los diseños arquetípicos de estas formas están a cargo de unos cualificados ángeles en el plano mental. Ese molde etérico determinará la forma del futuro cuerpo físico. El molde lo construyen los elementales de la naturaleza de acuerdo al sonido emitido. Ese sonido vibratorio está a su vez influenciado por los Señores del Karma, en función del karma del individuo. El alma ya habrá dado para entonces aprobación para el “tallado” de esa determinada forma corporal.

 

Tanto Vicente Beltrán Anglada como Geoffrey Hodson nos hablan de un cuidado maternal dispensado por los ángeles, protegiendo a la futura criatura de toda influencia adversa. Así se refiere el teósofo neocelandés en “El milagro del nacimiento” al cuidado del ángel constructor: “El permitía que su propio magnetismo actuase libremente sobre la forma creciente, compartiendo con ella en cuanto era posible sus propias vívidas fuerzas vitales. Algunas veces, por ejemplo, recogía dentro de sí mismo el pequeño cuerpo astral, rodeándolo con su aura e inclinando la cabeza, como para mantenerlo por cierto tiempo envuelto”.

 

A propósito de la influencia álmica o del Yo Superior, relata el reputado clarividente en ese libro clave para comprender el proceso de gestación humana: “Veíase fuerza egoíca descender continuamente por el canal luminoso, estableciendo su propia vibración específica sobre las partículas que llegaban. Esa materia, atraída de todos lados, se precipitaba hacia el cuerpo de la madre y era cogida inmediatamente por las corrientes de fuerza que rodeaban al feto y puesta por ellas en posición en el cuerpo en crecimiento.”

 

A la luz de toda esta información que hoy nos está llegando, podemos observar la dedicación que supone el tejido de las diversas formas en los mundos ocultos, la admirable entrega “tras las bambalinas” por parte de los “creadores de las formas” (devas y elementales) que implica la manifestación de una nueva vida en la materia. Como ya hemos señalado, el espíritu del “nasciturus” ha estado empeñado activamente en la construcción del nuevo cuerpo, pero no comienza a entrar en él, por término medio, hasta el cuarto mes de gestación. Apunta el eminente teósofo de comienzos del siglo pasado, que el espíritu se instalaría plenamente en el cuerpo en el sexto mes de gestación.

 

Hodson en este tratado sin desperdicio, abunda en la incondicional entrega, en la absoluta dedicación de los ángeles o devas, constructores del cuerpo mental y emocional, así como las miríadas de seres elementales. ¡Que tamaño ejemplo de silente entrega la del mundo angélico! Los devas o ángeles, los seres en definitiva hacedores de las formas, trabajan sin cesar alrededor y en el seno de las madres por perpetuar la vida; se afanan en silencio, sin ninguna suerte de reconocimiento. Ellos (utilizamos el masculino genérico pero en realidad no tienen sexo) constituyen un ejemplo de servicio que aún no conocemos los humanos... Hodson nos dice que los ángeles se implican plenamente con exquisita perfección en su labor de construir la forma humana en los diferentes planos, en culminar su obra de arte preciada y maravillosa.

 

A este respecto el teósofo nos facilita más detalles: “Cuando el ambiente está definido por una energía espiritual, por ejemplo, durante el tiempo en que la madre asiste a un servicio religioso en la iglesia o a cualquiera otra reunión espiritual, él (el ángel) absorbe de esa energía cuanto le era posible. El ángel entonces mantiene el creciente cuerpo astral (del ‘nasciturus’) dentro de sí a fin de que la energía lo envuelva completamente, magnetizándolo y modificando cualesquiera tendencias kármicas adversas. En un caso el padre y la madre habían practicado por muchos años un sistema regular de meditación diaria. Se descubrió que esto había sido de valor inmensurable y de ello el ángel derivaba gran número de ventajas. En las localidades densamente pobladas de las grandes ciudades, el trabajo del ángel consiste en su mayor parte en la protección del embrión y su cuerpo astral contra las influencias adversas. En lugares donde la atmósfera psíquica es muy densa el ángel puede llamar a uno o más de sus hermanos para que le ayuden en el trabajo.”

 

Si sobrevienen un accidente, si el ambiente externo es adverso el ángel atenuará los efectos siempre y cuando el karma lo permita. En casos de sobresaltos el ángel puede “aislar de ella al embrión por medio de proceso de envolvimiento previamente descrito, atenuando así los efectos de una interacción muy íntima.”

 

 

Cantar al llegar, cantar al partir…

 

"La muerte no existe. El hijo de Dios es libre… Sólo hay una vida y esa es la vida que comparto con Dios" dice el libro del "Curso de milagros". Cantar con el alma sea quizás una de las formas más gratas de compartir la vida con Dios. En el intermedio de esa vida una, al tomar un cuerpo cantaremos, al dejarlo también. El tomar y entregar debieran estar al fin y al cabo envueltos por un mismo y sublime canto de agradecimiento.

 

Unos buenos amigos han traído al mundo una criatura maravillosa. La recibieron en un ambiente familiar alejados del hospital. Nos compartían felices como la bebé vino entre cantos. Lo primero que la pequeña oyó al salir del vientre fueron los cantos de sus padres y allegados, unas melodías dulces, que no se interrumpieron ni en los momentos más difíciles del parto. Un día nuestros seres queridos, nosotros mismos partiremos también con el sonido de sublimes cantos. No sé qué es lo que cantaremos, pero debe haber melodías que nos aguardan para estos instantes sagrados de despedida. Debe haber cantos que nos permitan adentrarnos en el otro mundo lenta, suavemente; sentirnos en la esfera recién alcanzada como en nuestro propio hogar. Dicen que, si es de ley, seremos recibidos en “la otra orilla” por brazos angélicos más tiernos que los de nuestra propia madre. Al renacer a la vida espiritual otra suerte de canción de cuna nos puede acompañar y así traspasar el velo envueltos en los más sublimes acordes. La humanidad se está transformando, elevando y los músicos se habrán de poner al pentagrama para crear las canciones de la despedida física que ya empezamos a necesitar. Apenas tenemos cantos para la nueva era de luz que ya se acerca.

 

El canto nos ayuda a alcanzar nuestras propias cimas. Se irá alejando el luto y su desgarro. Se trata de ritualizar y por lo tanto elevar lo que hasta ahora era algo mayormente banal, mecanizado, más o menos alegre en el caso del nacimiento, más o menos triste en el caso de la partida. Deseamos imprimir conciencia a los momentos más importantes de nuestra vida, a la sazón cuando venimos y cuando nos vamos. Entrar y salir con cantos, es algo también del nuevo tiempo que comienza a inaugurarse. A la vuelta de todas las convulsiones y azares de la vida física, nos puede aguardar un hermosa melodía. Entrar y salir con paz, con serenidad, con agradecimiento. Las fraternidades “kobdas” de la antigua Atlántida despedían de esa forma a los seres que partían. Sacaban a sus jardines con estanques a esos seres prestos a dejar el cuerpo y hacían sonar sus arpas. Formaban coros y entonaban sus himnos sublimes.

 

Se están afinando los nuevos instrumentos para las ceremonias del nuevo tiempo, se están preparando nuestras voces para los rituales de bienvenida y despedida que ya están llegando. Más que estas y otras letras, que estos manuales siempre imprecisos e inconclusos, quizás una suave y elevada música sea la que arrincone de forma clara y determinante el fantasma de la llamada muerte en esos momentos trascendentales .

 

Este mundo urge de una enorme transformación, pero difícilmente un cambio real, definitivo podrá operar sin tomar conciencia de la fugacidad de nuestro paso por la materia, de nuestra vocación de vida eterna. La real transformación personal y colectiva podrá arrancar cuando tomemos noción de nuestra real identidad en cuanto seres espirituales que circunstancialmente hemos tomado cuerpo en este mundo físico; cuando reparemos en que somos almas, que en nuestro afán de evolución, vamos encarnando en diferentes geografías, condiciones, género... Recuperar algo de ese canto que nunca se acaba, tomar idea de nuestros diferentes cuerpos y dimensiones, profundizar en nuestra verdadera naturaleza…, nos ayudará también a abrazar los más elevados postulados de fraternidad humana y filiación divina. La fraternidad no es una bandera revolucionaria, sino más bien un latido interior. Brota de forma natural y espontánea, al amparo de una canción casi silenciosa.

 

Iniciarnos en ese canto, en esa melodía que nos devuelva a la sensación profunda de unidad con cuanto nos rodea, ahondar en definitiva en nuestra verdadera identidad espiritual, nos abrirá igualmente a la conciencia de que todos los humanos son nuestros hermanos, de que nos hemos reunido aquí para cooperar, ayudarnos y crecer juntos. Nos llevará al convencimiento de nuestra divina herencia, de la cual apenas podemos conocer los más inmediatos obsequios.