La literatura oculta se ha servido del ejemplo de la esponja para explicar esta cuestión. La esponja estaría compenetrada por los elementos del agua y del aire, no sólo estarían fuera. Los cuerpos astral, mental, así como los otros tres espirituales superiores compenetrarían al físico, de la misma forma que el mundo astral, mental y espirituales superiores compenetran al planeta Tierra. Estos serían nuestros escenarios para nuestros diferentes cuerpos. Cada vez que soñamos vamos al mundo astral, pero no a cualquier mundo astral de cualquier planeta, sino al astral que nos corresponde, es decir al mundo astral de nuestro planeta Tierra. Otro tanto ocurriría con el mental y el resto de los cuerpos espirituales.

 

 

La Tierra tendría la misma estructura que el ser humano: triada superior y cuaternario inferior,  siete esferas en total. Por lo tanto, así como nuestro espíritu dispone de un “juego” de cuerpos, la Tierra sería un Ser de muy elevada evolución con su correspondiente “juego” de cuerpos. Nuestro planeta constituiría su cuerpo de manifestación física. En realidad la propia ciencia oficial ya está tomando paulatina conciencia de que la Tierra es una entidad viva. A este respecto encontramos las investigaciones de James Lovelock con su hipótesis “Gaia”. El prestigioso químico ya anunció a finales de los años setenta, tras concienzudas investigaciones, que había comprobado que la Tierra es en realidad un organismo vivo que se autorregula por sí mismo. En este caso también la ciencia oficial comienza a avalar lo que la tradición oculta ha venido pregonando desde la antigüedad.

 

 

Espíritu, alma y personalidad

 

Aún no tenemos denominaciones para aprehender las realidades que nos están llegando y a las que estamos despertando. Echamos mano de nuestro limitado vocabulario, a sabiendas de que con ese escaso diccionario no podemos abarcar el inmenso universo que se nos va abriendo por delante. Cortas se nos quedan las palabras, corta también la mente circunscrita a la esfera más limitada del pasado.

 

A menudo se usa de forma indiferente las denominaciones de espíritu y alma, cuando en verdad no representan lo mismo. Hacemos uso de las analogías más frecuentes para intentar desentrañar estos misterios. El espíritu sería una chispa de la Eterna Llama, del Fuego divino, una mónada de la Divinidad sin nombre. Afirma Francisco Redondo en su libro “Luz diamantina” (pag. 68)a propósito de nuestra genuina identidad: “Nuestro Ser Superior, que en los estudios esotéricos recibe el nombre de ‘Mónada’ o ‘Espíritu’, por residir en el Plano Monádico, es una Entidad de tal Luminosidad y Belleza que difícilmente, debido a Su altísimo estado de vibración, puede descender a los planos más densos de la creación y experimentar allí, o manifestarse plenamente con todo su poder y gloria.” ¿De qué forma podrá por lo tanto encarnar en la materialidad? Para ese viaje necesitaría una envoltura fluídica que le permitiría descender a los mundos inferiores. Esta envoltura sería el alma.

 

Ahora bien, esbozado esto, inevitablemente nos haremos la siguiente pregunta: si nuestro Espíritu goza de toda la gloria en sus mundos celestiales, ¿A qué se debe ese afán de iniciar tan largo y complicado periplo? ¿Cuál es la razón de ese descenso a la materia, de ese alejamiento de Dios, con su posterior ascenso o acercamiento de nuevo a esa Fuente de Luz, Amor y Vida? Todo apunta a que en realidad, la razón no sería otra que la de despertar de un sueño, la de la adquisición de autoconsiencia, el desarrollo de las facultades divinas que el Espíritu posee sólo en estado de latencia. El vehículo álmico que despliega el Espíritu encara un periplo que le llevará un lapso extensísimo de tiempo. El Espíritu sería omniscente allí arriba, en las esferas espirituales, pero no tendría conocimiento de los mundos materiales, por lo que comenzaría su exilio por estos mundos con la finalidad de ser conocedor de ellos.

 

El alma humana sería por lo tanto la prolongación de nuestro Real Ser, de nuestra Chispa o Esencia Divina. Adopta diferentes nombres, pero es común verla mencionada como el verdadero “Yo” o “Ego” con mayúsculas. Habita, como veremos más adelante en el mundo causal y es de naturaleza casi inmortal. Ese alma encarna en cuerpos mortales, con tiempo determinado de caducidad. Encarna en el cuerpo mental con el que puede expresar pensamientos, en el astral o emocional con el que puede expresar sentimientos o emociones y en el físico con el que puede desenvolverse en los mundos de la materia. Después retorna a su morada en los mundos espirituales.

 

Los teósofos de la Rama Rakoczy abundan en esta misma definición de cuerpo y alma: “La Mónada es un destello de lo Divino, y el Ego (alma) es una expresión parcial de aquella Mónada, alojado en el cuerpo Causal que le sirve para poder entrar en la evolución y regresar a la Mónada con cualidades desarrolladas y conocimiento adquirido mediante experiencias. Cuando torna de nuevo, proyecta hacia la tierra una parte de sí mismo llamada ‘personalidad’, que nuevamente usa tres cuerpos, el mental, el astral y el físico.”

 

La ley de correspondencia nos puede ayudar a orientarnos en medio de estas realidades que se nos escapan. La ciencia espiritual ha echado mano de la analogía del huevo o de la semilla, incluso también del fruto para poder explicar al común de las gentes estos enigmas. El espíritu correspondería a lo que conocemos por yema o parte esencial del huevo, el alma sería la clara o envoltura y por último la cáscara exterior representaría al cuerpo físico que es lo que podemos percibir desde fuera. Si para desenvolvernos en la esfera o dimensión física necesitamos el cuerpo físico, otro tanto podemos hablar del resto de las esferas. Para movernos en el mundo astral, necesitaremos un cuerpo astral, para hacerlo en un mundo mental, necesitaremos un cuerpo mental.

 

El alma busca tomar el control de la personalidad e integrarla en ella. Para ello habrá de pasar sus iniciaciones. En la medida en que esas pruebas se van superando, el contacto de la personalidad con el alma se irá haciendo más estrecho. El teósofo Arthur Powel nos ayuda a comprender la naturaleza de la personalidad: “Se compone de los vehículos transitorios, por medio de los cuales el hombre real, o sea, el pensador (alma), se expresa en los mundos físico, astral y mental inferior.”

 

Necesitamos por lo tanto una colección de cuerpos que permita a nuestro alma o conciencia manifestarse y desenvolverse en las diferentes dimensiones o esferas que también somos. Como podrá observar el lector, hay diversidad de lenguajes para referirse a las mismas realidades metafísicas. Nuestro verdadero “Yo” o alma no lo constituyen por lo tanto esos cuerpos. Nuestro verdadero “Yo” se sirve de esos diferentes cuerpos, que conforman la personalidad para poder ser en los diferentes mundos.

 

He aquí otra analogía que nos brinda la teosofía a la hora de explicar la relación entre alma y personalidad: al igual del árbol brotan hojas, que se manifiestan durante la primavera, el verano y el otoño, así del alma emana la personalidad que se manifiesta en los planos físico, astral y mental inferior. “Las hojas absorben, asimilan y transfieren nutrición a la sabia, la cual con el tiempo, se recoge en el tronco, mientras las hojas caen y perecen, así la personalidad recoge experiencia y la transfiere a la individualidad originante y, con el tiempo y una vez cumplida su tarea, cae y perece.” (Arthur Powel)

 

La clasificación que las diferentes tradiciones espirituales han hecho de nuestros cuerpos es muy variada. En orden a la simplicidad que persigue este libro, aquí únicamente exploraremos la naturaleza de los cuatro cuerpos inferiores, constituyentes del cuaternario inferior. No podremos abordar la cuestión de la triada espiritual superior, que complementaría la naturaleza septenaria del hombre, pues sencillamente nos desborda a nosotros mismos y desborda la finalidad de esta obra. El cuaternario inferior está formado por el cuerpo físico, etérico, astral o emocional y mental. Dentro del mental sí será preciso distinguir entre mental inferior y superior. Nos ceñiremos por lo tanto al estudio de esos diferentes cuerpos con sus correspondientes mundos.

 

Así visto, la muerte, las diferentes muertes no serían sino un paulatino prescindir de nuestras vestiduras, un dejar caer de nuestros “ropajes” (cuerpos). Nuestra parte inmortal se iría poco a poco desprendiendo de esta envolturas externas, a saber el doble etérico o vital, el astral y el mental. Si previamente conocemos ya este proceso lo podremos vivir, podremos transitar esos mundos de una forma más alerta y consciente. Una vez muerto el cuerpo físico, su conciencia se transfiere a otro nivel. Las fuerzas vitales pasan al cuerpo astral o emocional. En ese cuerpo se centra entonces la existencia de ese humano. Después otro tanto ocurre con el cuerpo astral, éste muere y las fuerzas vitales se centran en el cuerpo mental y por último en el mental superior o causal. Las condiciones de vida en el astral y el mental dependerá de los méritos acumulados en las vidas anteriores. La vida por lo tanto es de una continuidad sin fin. Su hito más señalado sería cuando alcanzamos la perfección o realización, cuando hemos superado todas las pruebas o iniciaciones a lo largo de innumerables existencias, cuando en definitiva ya nada pedimos, ni requerimos para nuestro “yo separado”, cuando todo lo deseamos volcar al beneficio colectivo.

 

Una vez acontecen las denominadas segunda y tercera muerte, es decir la del cuerpo astral y la del cuerpo mental inferior que seguidamente detallaremos, el alma retorna a su verdadero hogar en los mundos espirituales superiores, mundo causal. De esa forma a través de las diferentes encarnaciones, el alma va desarrollando sus cualidades latentes. Afirma Valentín García López al respecto de ese primer “tránsito”: “Lo que llamamos nacimiento es, en realidad, como una muerte, porque el alma se ve encerrada, diríamos sepultada, en un cuerpo de carne. Y la llamada ‘muerte’ es la liberación en que el alma, una vez más, sale de su lugar de cautiverio y pasa a una región de mayor libertad y belleza, que es el mundo astral; en realidad, es un ‘nacimiento’.”

 

 

El cuerpo etérico o doble vital

 

A la hora de acometer el estudio de nuestros diferentes cuerpos encontraremos un extensísima literatura teosófica al respecto. Nosotros optamos por quedarnos con los autores clásicos que han investigado y escrito abundantemente al respecto: Charles W. Leadbeater, Annie Besant y Arthur Powel.

 

 

Hay tratados que incluyen el cuerpo etérico en el físico y hay otros que lo exponen aparte. El cuerpo etérico o vital es el que dota de vitalidad o energía a nuestro cuerpo. Sin él, el cuerpo físico permanecería inanimado. Los sensitivos lo observan como una película que envuelve nuestro cuerpo físico. La vitalidad le viene del “prana” y de los alimentos naturales. El prana constituye la energía con origen en el sol, que en Oriente se denomina “Chi” o “Ki”. Las frutas, hortalizas y verduras, con su gran carga de vitalidad, refuerzan nuestro cuerpo etérico. El cuerpo etérico dispone a su vez de siete diferentes centros energéticos o chakras, además de toda una red de pequeños conductos energéticos o “nadis”. La enfermedad sobreviene con la acumulación y bloqueo de la energía en un determinado punto de esa red de “nadis”.

 

 

 

 

 

 

Cuerpo astral

 

Evidentemente no hemos de saber de la existencia de los cuerpos para utilizarlos. Lo hacemos de una forma más o menos inconsciente. Utilizamos el cuerpo astral cada vez que expresamos un sentimiento, una emoción. Utilizamos el cuerpo mental cada vez que pensamos. Utilizamos el cuerpo físico para poder manifestarnos en este mundo material.

 

El cuerpo astral se va desarrollando con el uso. Recibe y responde a estímulos que proceden tanto del cuerpo físico como del mental inferior. Si habitualmente respondemos a pensamientos positivos, estaremos desarrollando un imán para atraer pensamientos y emociones de esa misma índole que se encuentran a nuestro alrededor. Cuanto más puro sea nuestro cuerpo, más posibilidades tendremos de repeler con fuerza pensamientos y emociones negativas que traten de asaltarnos, más posibilidades igualmente de atraer hacia nosotros formas de pensamientos y emoción de materia y vibración análogas.

 

Así define Arthur Powel el cuerpo astral en la obra que lleva este mismo nombre: “Es un vehículo que, a la visión clarividente, no aparece muy diferente del físico; está rodeado de un aura de colores centelleantes y compuesto de materia mucho más fina y sutil que la física; es el vehículo por medio del cual el hombre expresa sus sentimientos, pasiones, deseos y emociones; además sirve como puente y medio de transmisión entre el cerebro físico y la mente, la cual actúa en un vehículo de orden superior, llamado cuerpo mental.”

 

La paradoja la apuntará también el propio teósofo y escritor galés, al señalar que si bien todos utilizamos este cuerpo, muy pocos llegamos a tener noción de su existencia. El misterio de la llamada muerte jamás podrá ser explicado sin dar cuenta de la existencia del cuerpo astral. Morimos al físico, para centrar la conciencia en el cuerpo astral, después moriremos al cuerpo astral para llevar nuestra conciencia al mental. Nos estamos refiriendo a la segunda y tercera muerte que nos aguardan detrás de la “muerte” en la materia y que nos refiere la literatura esotérica. Será preciso deshacernos paulatinamente de todos nuestros cuerpos inferiores para reencontrarnos en nuestra auténtica naturaleza álmica. Esto ocurriría en el denominado mental superior o causal.

 

Respecto a los diferentes niveles de desarrollo del cuerpo astral señala Powel: “En la inmensa mayoría de las personas es apenas algo más que una masa amorfa de materia astral. Sus movimientos y actividades no están todavía bajo el dominio del hombre real, o sea, el Ego. En algunos, sin embargo, el cuerpo astral es un vehículo bien desarrollado y completamente organizado, que posee vida propia y que confiere a su poseedor muchos y útiles poderes.”

 

El cuerpo astral como cuerpo de los sentimientos y emociones puede realizar largos viajes. Con este cuerpo viajamos cada noche, al dejar nuestro cuerpo físico aletargado. De todos los viajes astrales o proyecciones psíquicas retornamos, excepto de uno, la muerte. El sueño sólo se distinguiría de la muerte en un aspecto y es que cuando sobreviene la llamada muerte el cordón de plata se rompe definitivamente, no así cuando dormimos. El cordón, como ya hemos señalado, es un largo hilo de material etérico y astral que une nuestros diferentes cuerpos con el físico.

 

Las diferentes esferas del cuerpo astral se interpenetran, desde las esferas de más altas vibraciones hasta las de las más bajas. El cuerpo astral interpenetra al físico de tal forma, que según afirma Powel, “un ser que viva en el mundo astral puede ocupar el mismo espacio de un ser viviente en el mundo físico; sin que sean conscientes de la existencia el uno del otro, ni se estorben en sus movimientos” y añade “el principio de interpenetración permite comprender claramente el hecho de que los diferentes planos de la Naturaleza no estén separados en espacio, sino que existen a nuestro alrededor en este preciso momento, de modo que para percibirlos e investigarlos no es necesario moverse en el espacio, sino únicamente desarrollar en nosotros los sentidos por medio de los cuales podremos percibirlos. De modo que el mundo o plano astral es una condición de la naturaleza y no una localidad.”

 

El tamaño del cuerpo astral dependerá de su desarrollo evolutivo. Más expansión, indicará también un mayor desarrollo. La conciencia se refleja también en una mayor expansión de este instrumento del alma. En lo que al colorido se refiere, los colores más toscos y borrosos, son también indicadores de personas con escaso desarrollo evolutivo. Estos colores se irán volviendo más luminosos en la medida en que el ser se vaya desarrollando.

 

Madame Blavatsky en su “La doctrina secreta” se refiere en estos términos severos al cuerpo astral: “Es el verdadero centro animal; al paso que nuestro cuerpo es tan sólo su envoltura, el factor o instrumento irresponsable, por medio del cual actúa la bestia en nosotros". Arthur Powel profundiza en este aspecto: “Los hindúes denominan ‘kama’ al cuerpo astral de forma que éste representaría lo bruto en nosotros, el ‘simio tigre’ de Tennyson, la fuerza que más nos retiene ligados a la tierra, y ahoga, con las ilusiones de los sentidos, todos nuestros anhelos más elevados.” Mientras que el alma sería voluntad de autodeterminación, el “kama” (cuerpo astral en sáncrito) está sometido a la atracción y repulsión de lo que nos rodea. Por eso Powell  habla de una “voluntad destronada”. Resumiendo por lo tanto, las principales funciones del cuerpo astral serían por un lado el de ser vehículo de las sensaciones y emoción y por otra la de hacer de puente entre el mundo físico y el mental.

 

 

 

Cuerpo mental

 

El cuerpo mental es el vehículo por medio del cual el alma o Yo Superior se manifiesta y expresa como intelecto. Crea e irradia formas de pensamiento en el espacio. El entrenamiento de nuestro cuerpo mental comprende la concentración, la meditación y la contemplación. Los clarividentes nos dicen que el cuerpo mental se les manifiesta como una densa neblina. Esta neblina estaría a su vez rodeada de un ovoide de neblina aún más fina.

 

Disponemos en realidad de dos cuerpos mentales: el mental inferior que trata de lo particular (formas de pensamiento), de lo que denominamos pensamiento concreto y el mental superior o causal que trata de principios, de ideas abstractas (pensamientos sin forma). El plano de desenvolvimiento del cuerpo mental inferior es el plano mental inferior o Devachán, mientras que el plano de desenvolvimiento del cuerpo mental superior es el plano mental superior o causal. (No obstante hemos de señalar que hay autores que asocian la idea de Devachán con la de mundo mental en general e incluso algunos que lo ciñen al mental superior. Nosotros, al igual que otros muchos autores teosóficos, hemos optado por vincular el Devachán con el mental inferior.)

 

La porción tanto del cuerpo astral como mental que sobresale fuera de la periferia del físico, formaría lo que habitualmente denominamos como aura y que se hace visible a los clarividentes. El cuerpo mental va creciendo en la medida en que evolucionamos. La persona poco evolucionada dispondrá de un cuerpo mental que apenas sobresale del físico, mientras que grandes seres como Buda, disponían de un aura mental que, dice la tradición, se extendía en kilómetros. De tal suerte que en Oriente el aprendizaje del chela o alumno estribaba más en mantenerse cerca de la presencia del Maestro, bajo la influencia de su aura, que en el emplearse en un aprendizaje más de tipo libresco.

 

Igualmente por el estudio de los colores y estrías del cuerpo mental, el clarividente puede observar el tipo de pensamientos que alberga el pensante. Los colores más claros y luminosos corresponden evidentemente a pensamientos más luminosos. Los elementos constituyentes serán también más refinados en función de la evolución humana. Todos los autores coinciden de todas formas en que el cuerpo mental del ser humano es el menos desarrollado de todos los cuerpos. Precisamente en el desarrollo de este cuerpo y en su capacitación para gobernar el astral y el físico, es decir los deseos y la conducta, estriba nuestro mayor reto evolutivo actual.

 

Así describe el teósofo Arthur Powel el proceso de pensar: “El acto de pensar concreto pone en vibración al cuerpo mental. Esta vibración se transfiere a una octava inferior; por así decirlo, a la materia más grosera del cuerpo astral del pensador; desde éste afecta, a su vez, a las partículas etéricas del cerebro, y por medio de éstas, pone en acción la materia gris más densa del cuerpo físico. De manera que, todos estos pasos sucesivos son necesarios para que un pensamiento se traduzca en conciencia activa en el cerebro físico.”

 

El cerebro es por lo tanto el vehículo físico del cuerpo mental, es la “Wifi” a través de la cuál se transfieren los pensamientos que emanan de nuestra cuerpo mental. Los pensamientos, la memoria, la razón, el análisis no emanan del cerebro, sino de nuestro cuerpo mental.

 

A propósito del mundo mental, comúnmente denominado Devachán, afirma el referido teósofo: “Aún en sus cuatro subplanos inferiores, nos da la impresión de encontrarnos más cerca del ‘hogar’. En él nos sentimos más libres; somos más dueños de nuestra propia conciencia y menos los sirvientes de nuestros vehículos. El mundo mental parece un mundo más limpio y más sano; un mundo en el que podemos moldear nuestro destino, más de acuerdo con nuestra voluntad, y más fácilmente que en los mundos inferiores. La conciencia es más libre de ir donde quiere; está mucho menos restringida por las limitaciones de espacio y tiempo.”

 

El hombre corriente de las razas civilizadas permanece en el mundo mental más tiempo que en el físico y en el astral. En efecto, cuanto más evoluciona el hombre, más se acorta su vida astral, y más se prolonga la mental. De ahí que, excepto en las primeras etapas de su evolución, el hombre pase la mayor parte del tiempo en el plano mental.

 

 

Cuerpo causal

 

La estancia en los subplanos inferiores del mental también llega a su término. De la misma manera que morimos a nuestro cuerpo físico y después a nuestro cuerpo astral, morimos también a nuestro mental inferior (tercera muerte). Arranca nuestra vida en nuestra verdadera morada. La personalidad de la última vida física se disipa y se funde en el alma.

 

El cuerpo causal es por lo tanto la morada del alma. El cuerpo causal no es propiamente el alma, sino la parte de materia del plano mental superior que ha sido vivificada y expresa las cualidades que el alma ha adquirido. En esa estancia no le afectan los avatares de la personalidad, tampoco los nacimientos o las muertes. Nuestra alma mora allí, excepto en sus puntuales estancias en el mundo físico, astral y mental inferior.

 

Con su habitual poesía, nos habla así el clarividente e iniciado español Vicente Beltrán Anglada a propósito del cuerpo causal, “ese prodigioso estuche de Luz de indescriptibles irisaciones”: “Está construido con materia mental altamente sensibilizada procedente de nuestras mejores ideaciones y estados de conciencia. Aparece ante la percepción del vidente iluminado como un precioso estuche ovalado y transparente delicadamente matizado con todos los colores del arco iris”.

 

El alma, una vez desechados sus cuerpos inferiores, queda por lo tanto en el cuerpo causal sola con sus propias cualidades, habiendo prescindido de todo el “bagaje kármico”. El alma repliega en su cuerpo causal la memoria acontecida en los planos de la personalidad gracias a los átomos permanentes o simientes que estudiaremos enseguida. Ahí conserva los gérmenes de las cualidades que el hombre llevará a la próxima encarnación.

 

El humano permanecería por algún tiempo como alma, en su propio cuerpo causal, antes de que le alcance esa “sed” de volver a encarnar. El tiempo de permanencia dependerá también de nuestro nivel evolutivo. Si no hemos desarrollado un mínimo de conciencia nuestra permanencia en el mundo causal será breve y de aletargamiento o somnolencia. Ello no nos impedirá extraer las enseñanzas de nuestra última encarnación e incluso participar en mayor o menor media en el diseño de la siguiente. Si hemos desarrollado cierta conciencia la actitud en ambos procesos será mucho más participativa.

 

Arthur Powel que basa sus manuales sobre los diferentes cuerpos del ser humano en los testimonios de Helena Blavatsky, Annie Besant y C. W. Leadbeater, define así la forma ovoidal del cuerpo causal: “Esa es en realidad la forma de todos los cuerpos superiores que rodean al físico del hombre y se extiende a unas diez pulgadas desde la superficie del cuerpo físico. Un ser humano, procedente del reino animal, que acaba de individualizarse, posee un cuerpo causal del tamaño mínimo. El cuerpo causal lo constituye una delicada película de la materia más sutil, apenas visible, que marca el principio de la vida individual separada. Esa delicada, casi incolora, película de la materia más sutil es el cuerpo que perdurará durante toda la evolución humana.”

 

 

 

Lo que diferencia precisamente al humano del animal es la posesión de ese cuerpo causal individual, los animales no disponen de tal. Su alma es grupal y por lo tanto también su cuerpo causal.