Ahora les llega su hora y van poco a poco marchando. Nacieron antes, durante y después de la guerra. Hicieron el amor en las noches más oscuras. En el franquismo aún joven y vigoroso, tuvieron el valor de traernos al mundo. Nos educaron como pudieron, nos dieron todo lo mejor que encontraron. Marchan ahora en silencio, aparentando falta de memoria. Marchan callados como vivieron, como si lo de ellos hubiera sido sólo paréntesis entre uno y otro tiempo. Marchan tranquilos sin meter ruido con el convencimiento íntimo de que cumplieron su misión de bisagra entre dos épocas tan diferentes. No me refiero a mi padre, hablo de toda una generación, hablo de tantos padres y madres entrañables de amigos y amigas que ahora agitan sus alas en vuelo.

 

Deseamos honrar a esa generación silente, trabajadora, abnegada. A fuerza de cambiarles una y otra vez el rumbo, optaron por abrazarnos. El abrazo, el amor incondicional se convirtió así en su principal guía. En medio de una gran desorientación, nunca zozobraron y salieron adelante. ¿Qué rescatar de los principios y valores que ellos traían, qué olvidar y dejar a un lado? Abandonan ahora el cuerpo sin terminar de resolver la cuestión, pero eso quizás fue lo de menos, porque nos siguieron abrazando hasta el último momento.

 

Honrar a nuestros mayores es siempre asignatura pendiente. Nos dieron la vida, nos dieron su amor en momentos especialmente difíciles. Cuando nuestro desvarío era grande tampoco faltó su comprensión. Disparamos a su equilibrio de flotación, arremetimos contra su esquema de principios y valores y nunca se alejaron. No podían identificarse con nosotros. Su mentalidad no podía estirarse tanto, pero hicieron algo mucho más valiente y arriesgado: nos amaron profundamente. Nos quisieron por encima de todas nuestros desatinos y extremismos, nuestras salidas de tono y de madrugada. Nos amaron en medio de los botes de humo, en la altura de los montes, en la profundidad de las mazmorras de las comisarías...

 

No podían quedarse con el mundo que habían heredado porque hacía aguas por doquier, pero tampoco podían identificarse con el nuestro porque era demasiado atrevido. Al amoldarse a tan bruscos cambios, son merecedores de toda nuestra admiración. ¿A alguna generación se le habrá pedido tanto? ¿Alguna generación ha debido cubrir tamaña distancia entre culturas? ¿Cómo no íbamos a quererlos después de esa travesía a la que les abocamos? Desde el prolongado desierto del nacional catolicismo hasta la extrema subversión de la contracultura. No podían sumarse a nuestro ideario desnortado, pero nunca dejaron de apoyarnos, de sostenernos, de querernos. La Iglesia, su Iglesia no les podía proporcionar respuestas para tantas preguntas surgidas en tantas encrucijadas, pero nunca dejaron de estar allí, siempre cercanos, en medio de todos los apuros a los que les empujamos...

 

Me vienen a la memoria aquellas comunidades alternativas de los ochenta. Las ruinas no tenían acceso en coche. Había que subir hasta ellas por un camino empinado de más de una hora entre bojes y encinas. Nada de aquel ensayo comunitario entraba en el esquema de vida de mis padres y sin embargo ellos subían. Paso a paso, sin dudarlo remontaban la cuesta puntualmente una vez al año. Quizás él rezando que lloviera y los "hippies" no estuvieran desnudos, rogando al cielo que no le saliera al paso para abrazarle una mujer sin ropa, como Dios la trajo al mundo. En realidad subieron a todas nuestras ruinas, se envolvieron con todas nuestras banderas, se acostaron intentando conciliarse con todos nuestros ideales… Si ahora anhelamos la vida en comunidad, es porque ya la vivimos en buena medida gracias a ellos.

 

Podría añadir muchos otros ejemplos de abnegación, de alarde de comprensión, generosidad, hospitalidad… Los padres de nuestra generación nunca encendieron un incienso, no leyeron un solo manual de autoayuda, no meditaron en ningún "tatami"…, pero su altura espiritual haría sombra a más de un gurú avezado. No debimos ir tan lejos en busca de iluminación, pues en nuestras casas gozamos del vivo testimonio de cómo el amor puede acabar con todos los abismos y fronteras. Vamos juntando las flores de los homenajes que no rendimos. Van abriéndose paso poco a poco las palabras que ayer no reunimos y pronunciamos. Por encima de torpezas, olvidos y pudores pretéritos, conste aquí, conste siempre nuestro inmenso y perenne agradecimiento.

 

Explorando las causas del Alzheimer

 

Cada cuatro o cinco fines de semana, cuando llegaba mi turno, meditaba ante esos ojos azules. Al principio más bien me estrellaba frente a ese misterio. Indagaba en lo más profundo de esa mirada ausente sin saber el por qué. A menudo pedí a ese anciano padre más de lo que me podía dar y por lo tanto erré, por lo tanto sufrí. Algo en mí al comienzo se resistía a aceptar esa ausencia. Avanzado el proceso empecé a comprender y por lo tanto a amar y a no sufrir, o por lo menos sufrir menos. El estudio contribuyó a ello. Lo que me ayudó en su momento es lo que deseo compartir ahora.

 

No sabemos de las causas últimas del Alzheimer, pero vamos extrayendo del misterio las más inmediatas. Aún no sabemos tampoco qué razones concurren para que a unos sí y a otros no, pero sí vamos descubriendo qué es lo que acontece cuando sobreviene esta situación. Nos resistimos a hablar de enfermedad. ¿Es enfermedad la decisión de sustraer primero el cuerpo mental con relativa anterioridad a la desencarnación total? ¿Es enfermedad una situación previamente programada de una partida más escalonada? ¿Es enfermedad un acuerdo previo en el que hemos podido establecer una relación de mutua ayuda y apoyo…? 

 

Hablaremos siquiera sucintamente en los próximos capítulos de los diferentes cuerpos del hombre, cada uno con una diferente función. Estos cuerpos están unidos unos a otros. El cordón de plata (“sutrama” en sánscrito) une el cuerpo físico con el resto de los cuerpos. Está hecho de material etérico y astral. Roto el cordón de plata sobreviene la muerte. Nadie ha podido recuperar el cuerpo físico una vez cortado ese cordón. El anclaje del cordón de plata en el cuerpo físico sería doble, quedaría anclado en el cerebro, hilo de conciencia, y en el corazón, hilo de vida. El anclaje en la cabeza, es el que permitiría comunicarse al cuerpo  mental con el cerebro del cuerpo físico. Nosotros no pensaríamos con nuestro cerebro físico, pensaríamos  con nuestro mental, con el inferior para cuestiones concretas y con el superior para cuestiones más abstractas. El cerebro sería una "wiffi", un sofisticadísimo receptor de las "señales" que llegan del cuerpo mental. El cerebro se comunica con el sistema nervioso y traslada las órdenes a su vez al resto del cuerpo.

 

Hemos rastreado la literatura teosófica y arcana en busca de una explicación coherente de la “enfermedad” del Alzheimer y hemos podido dar con una breve explicación al respecto del Maestro Tibetano transmitida a Alice Bailey. A partir de esa referencia escueta, hemos sacado nuestras conclusiones, no exentas de su eventual margen de error. El progreso del Alzheimer sería un paulatino desprendimiento de ese anclaje del hilo de conciencia en el cerebro. Ese desprendimiento conllevaría una pérdida creciente de memoria. Cuando el desprendimiento culminaría, el olvido también sería absoluto. El cuerpo se desconectaría totalmente de la mente del sujeto. En la persona con Alzheimer el alma mantiene por lo tanto ese cuerpo vivo, pero a la vez estaría ausente de él. La conexión con el cerebro está quebrada o rota.

 

El cuerpo se mantendría animado por la energía (cuerpo vital) y por unos deseos exacerbados (cuerpo astral), ante la ausencia reguladora de la mente. En la fase terminal, cuando se desprende ya ese anclaje del cerebro, estamos ante una manifestación en el plano físico equivalente a la del animal. Ese cuerpo ya no contaría en esa fase con un mental que le dirija y gobierne. Sólo sería un cúmulo de deseos. Tendría a su disposición, al igual que el animal, un cuerpo etérico y otro emocional, no más. Sin embargo esa situación no se prolongará mucho, pues tras un alzheimer muy avanzado, no tardará en desprenderse también el hilo de vida anclado en el corazón y sobrevenir la muerte física total. 

 

Esta partida escalonada del cuerpo mental tendría por lo tanto su razón y sus ventajas. Hemos de ver todo este proceso desde una perspectiva positiva y de conciencia. El alzheimer procura esa partida escalonada y no repentina, una despedida a “plazos” que previene el muy habitual desgarro emocional. En ese sentido podemos incluso considerar que representa cierto privilegio. Permite además un cierre completo del círculo del amor. Las deudas se saldan. El amor derrochado en vida por los ancianos es compensado por la atención propinada por los jóvenes. El dar y el recibir se equilibran y vamos sumiéndonos unos y otros en la lógica solidaria de la vida. Esa lógica nos invita a asumir nuestra cuota de responsabilidad, de compromiso. Lavar un cuerpo anciano, dar de comer bocado a bocado, empujar un carro…, es una excelente oportunidad para devolver cuanto se nos ha dado. Ganar en paciencia con respecto a quien ha perdido los papeles, nos torna inevitablemente más compasivos, por lo tanto más humanos.

 

Ojos azules, ojos perdidos…

 

Olvidamos al encarnar, olvidamos al partir. ¿Por qué sustraemos a menudo a la conciencia los momentos más trascendentes? Antes de introducirnos en el seno materno sobreviene el olvido de todo lo vivido con anterioridad. Dicen que si el alma tomara conciencia de todas sus deudas no podría reunir fuerza suficiente para encarnar. El olvido también sería necesario para restañar las heridas que unos a otros nos hemos infligido, de forma que nuestras relaciones partan de cero y no del recuerdo de pretéritos y mutuos agravios.

 

Olvidamos antes de partir físicamente, seguramente porque consideramos que ya hemos cumplido, que ya merecemos descanso; porque preferimos retornar poco a poco, dejar un testigo físico en la tierra mientras que nosotros nos volvemos a familiarizar con las esferas celestes. Una y otra vez pregunté en silencio a esos ojos azules tan queridos por las razones del Alzehimer. Una y otra vez la misma y muda respuesta de que le dejara en paz, de que siguiera buscando… Creo que si volviera a donde esos mismos ojos azules, ahora con el libro en la mano, recibiría la misma respuesta, la misma invitación a seguir buscando. El misterio insondable de la vida y la muerte es inacabable.

 

Abrazo de luz

 

Una sabia amiga que tiene también su madre con Alzehimer me escribía estas oportunas letras a propósito de la “enfermedad” de mi padre: “Siempre he pensado en lo terapéutico y providencial que es el olvido. El chiquitito y el grande. Qué liberación... Lo que olvidamos deja de existir y deja de pesar. Nos duele ese dejar de ser para aquellos que amamos. Nos desubica su olvido porque nos roba el amparo de su consejo y compañía, pero no así de su abrazo de luz, siempre presente. En cualquier caso, ¿qué mejor manera de amarlos? ¿Habrá que dejarlos prescindir hasta del peso de nuestro recuerdo?”

 

Dejar sentir en nosotros ese abrazo de luz por parte del ser querido que ha marchado a los mundos espirituales es detener la lágrima, ahuyentar la desdicha. Es la manera de mitigar el dolor por la pérdida física, la forma de restar credibilidad a la llamada muerte. Dejar sentir en nosotros ese abrazo de luz es no sólo confinar la fatalidad, sino atravesar la conciencia del tiempo y del espacio tridimensionales, tal como los concebimos. Dejar sentir ese abrazo de luz es recobrar nuestra genuina identidad, afirmarnos como seres espirituales circunstancialmente encarnados. Dejar sentir en nosotros ese abrazo de luz es burlar lo que dicen inevitable, reconocernos fundamentalmente como seres instalados, aposentados en medio de la eternidad.

 

El peso de la memoria

 

Culminaba otro fin de semana en mi ciudad natal acompañando a mi padre con Alzehimer. Los faros horadaban la niebla de vuelta del mar, camino de la casa arrimada a un bosque siempre verde. Allá lejos, junto a las olas, aparentemente clavados en la nada, quedaron esos familiares ojos fijos, inmutables que no horadan nieblas, que no escarban en la noche. Cada quien es libre de nublar los recuerdos, de filtrar la vida a voluntad, de quedarse con lo que quiere. Cada quien baja sus persianas cuando le sobra la luz, cuando el atardecer se le alarga. Se sube a un carro y deja que le empujen, que le peinen y le afeiten y así nos da la oportunidad de devolver todo lo que nos ha dado.

 

¿Por qué seguir con tanta memoria? Él se quedó con el recuerdo de lo imprescindible: el de la mujer que fiel le acompañó toda la vida, el de la escopeta sin balas con la que hubo de defender un puente durante la guerra; el de la barandilla que dibujó su padre y que después el acariciará en un puntual y sencillo ritual cada mañana… El equipaje habrá de ser como el del poeta, el mínimo y ligero. ¿Para qué más peso si estaba de mudanza? ¿Para qué más recuerdos si el vivía ya en el futuro, si sus veredas más frecuentadas no tenían ya polvo? ¿Si es allá, al otro lado del velo, donde se remonta la atalaya, se enfocan los catalejos e inicia la retrospectiva?

 

El alma es muy libre de dejar un testigo aquí en la Tierra y llevarse el disco duro con los datos y recuerdos. Lo importante es que todo se grabe. El soporte de la grabación, el lugar de ese almacenamiento ya es secundario. El cuerpo y su cerebro limitado y caduco no siempre retienen la copia de todo la vivido. Tampoco la llamada muerte es la que ha de marcar el momento exclusivo de ese trasvase informativo.

 

La niebla multiplica los interrogantes… ¿Con qué finalidad deja el alma esa forma, ese mero testimonio ya casi mudo? Me pregunto al volante por las razones de la permanencia de ese pálido reflejo. Niebla entre la niebla… ¿Será el Alzheimer un tartamudeo de adiós, una ausencia escalonada, un desacostumbrarse paulatino...? ¿Será una invitación a que hagamos músculo empujando un carro, para que nos ejercitemos en el inexcusable deber del servicio? En realidad, el carro va sólo a la orilla del mar. Desde la barandilla el ser querido se familiariza con el infinito. El océano como metáfora de un espacio sin fronteras en el que reencontrarnos, en el que nadie pide cuentas, ni pregunta por la alineación de la Real, o los afluentes del Ebro… En realidad él ya había cumplido. Las olas volvían una y otra vez, pero ya no le interrogaban.

 

Mentamos y por lo tanto atraemos a más enfermedades de las que en verdad nos aquejan. La química y el fármaco difícilmente lograrán desenterrar lo que ya está sepultado. Yo no llamaría enfermedad a ese desconectar cuando hemos cumplido y dejado las cosas en orden, a ese recogimiento que no contempla ya molestias de ningún tipo. El Alzheimer tendrá su razón de ser, por más que las explicaciones profundas se nos escapan. En nuestro particular caso, mientras que duró la “enfermedad” del padre, nos llegaba más salitre, nos acercábamos más la ciudad natal, a su encanto y barandilla. Por de pronto se formó piña entre quienes rodeaban al ser querido. Pero también nos permitió una despedida a plazos, sin mayores sobresaltos.

 

No lloramos esa memoria que se nubla, ese ser querido que en vida se desnudó de pasado. Fortalecemos la fe en el reencuentro. Bendecimos la suerte de la cita más allá de unos cuerpos que ya se desgastaron. Bendecimos esa comunión de almas que aspiran a un mar sin barreras, a un océano que se codea ya con el infinito.

 

-“ ¡Sinvergüenza! ¡Es la última vez que me haces esto…!

 

Pero esos cansados ojos azules no guardaban un ápice de rencor, tras el obligado baño. El resentimiento se desvanecía al morir cada palabra. Como si nada hubiera ocurrido, nos vestíamos y salíamos al encuentro de las olas. Esos ojos perdidos me devolvieron a la ciudad olvidada. Esa mirada nublada me trajo de nuevo a la bahía enamorada.

 

 

“Vuelva Vd. mañana…”

 

La llamada muerte quizás sea nuestra mayor aliada en el reto ineludible de desapego de las formas. Dice la ciencia espiritual que la desaparición de un ser querido es una invitación a seguir amando sin un cuerpo físico, sin ceñirnos exclusivamente a un solo ser. Dicen las enseñanzas a las que nos debemos, que la materia no debe ser necesaria para desplegar todo el amor que albergamos dentro.

 

A su forma, en su idioma, mi padre ya nos lo había advertido. Nos comunicaba silente que ya no estaba allí, que no le buscáramos en ese cuerpo. Esa mirada perdida en realidad nos estaba invitando al desapego, indicaba ya un aleteo emprendido. Esos ojos azules cada vez más claros hablaban de cielos que comenzaba a conquistar, de esferas en las que ya estaba incursionando. A su manera, confesaban una ausencia, evidenciaban un alejamiento del alma.

 

Las más importantes lecciones tan a menudo nos pasan desapercibidas. La vida nunca nos avisa de sus enseñanzas. Nos pilla siempre fuera, “wasapeando”. Diría que nos las acerca cuando más despistados andamos. La vida siempre nos invita a estar más y más presentes, como única forma de no dejar pasar nada sin atrapar nuestras lecciones imprescindibles. Él se había marchado y nosotros sin embargo todavía actuábamos como si estuviera presente. Le llamábamos a sabiendas de que ya no estaba allí, de que no nos podía responder, de que el verdadero ser ya aleteaba.

 

“Llamadme por mis verdaderos nombres, os lo ruego
para poder despertar
y que la puerta de mi corazón
pueda quedar abierta,
la puerta de la compasión.”

 

“Llamadme por mis verdaderos nombres”, nos invita nuestro Maestro Thich Nhat Hanh, pero nosotros llamábamos precisamente a la puerta donde nuestro padre ya no estaba. No le buscamos ni en la rana, ni en la mariposa, “ni en el brote de primavera en una rama”, ni en el “pajarillo de alas aún frágiles, que aprende a cantar en su nuevo nido”. Nosotros le seguíamos llamando a su cuerpo ya antiguo, ya gastado, lleno de heridas. Preguntábamos por él seguramente en el único lugar donde él ya no se encontraba. Aún estamos aprendiendo sus verdaderos nombres, aún abriendo la puerta de la compasión. Quizás para eso nos sirven las pretendidas muertes que pasan cercanas, para hacernos más compasivos, vulnerables, en definitiva más humanos. Observar de cerca la caducidad de las formas, nos hace adherirnos con más fuerza a lo esencial y a los valores que lo acompañan.

 

Ningún olvido es gratuito. Todo olvido tiene su profunda razón de ser, aunque ésta se nos escape. No hay nada casual, nada acontece sin su razón profunda, por mucho que aún no la podamos desentrañar. Olvidamos al venir y comenzamos a olvidar al partir. Dicen que olvidamos al venir, porque quizás se nos puede hacer muy pesada la carga de responsabilidades (deuda kármica) que traemos al encarnar en la materia, porque de hacernos conscientes de todas nuestros pagos aún pendientes, quizás no quisiéramos afrontar la existencia y sus dificultades inherentes. Olvidaríamos igualmente porque es necesario ponernos a prueba y confiar en aquello que nuestros ojos no pueden ver, ni nuestras manos tocar, pues en algún gimnasio era preciso fortalecer nuestra fe en lo invisible e intangible. A veces, ya avanzados en edad, reunimos todos nuestros olvidos antes de volar. Los sumamos aún a riesgo de manifestarnos ya fuera de lugar. Es cuando sobreviene la llamada enfermedad del Alzheimer.

 

Llamamos enfermedad a todo lo que se nos escapa, también a las eventuales bendiciones. Quizás ese olvido fuera un exilio premeditado, un “vuelva Vd. mañana” consciente, un comenzar a bajar las persianas sumamente diplomático. Quizás fuera la forma más amable de decirnos don’t disturb”. Quizás debíamos agotar los olvidos y el recogimiento, antes de hallar el hilo de Ariadna de vuelta de nuevo al Hogar. El Alzheimer también lo podemos entender como un marchar cada día un poco, de forma que el adiós no se atragante. Puede ser un partir paulatino, un regalo del Cielo para sortear la despedida repentina. Nos permite en definitiva prolongar el adiós para con el ser querido.

 

 

Partir poco a poco

 

¿Y si en vez de una enfermedad, el Alzheimer era un favor, una gracia otorgada a la familia y allegados? ¿Será que cuando media mucho amor, alguien puede elegir marcharse a escondidas, en silencio, despacio? “Slow eat”, “Slow walking”…, quizás también “Slow die…” Vivimos el tiempo en que a tantas cosas podemos empezar a hacer de otra forma, más libre, más consciente...

 

Creo humildemente que el Alzheimer es un marchar sigiloso, un aviso a los que nos quedamos de que se inicia el ejercicio del desapego, de que esa alma comienza a partir, de que es llamada a los mundos espirituales. Yo creo que es un craso error considerarlo como una enfermedad a combatir. ¿Cómo se combate una partida, una despedida...? Tal combate creo que sólo existe en el seno de quienes nos quedamos. Mejor atender al reto de no atarnos a las formas, de ver cada día más al ser querido en su esencia verdadera y no en su deteriorada manifestación física.

 

No creo que el Alzheimer sea una enfermedad a enfrentar, tampoco una suerte de lotería por la que llega a unos sí y a otros no. No, no hay nada gratuito. Por las razones que se nos escapan, ese alma en unión con sus Guías, Ángeles o Tutores, ha decidido irse de a poco, en vez de partir de repente. Quizás esa prueba del olvido esté ahí, como reclamo de ternura, para ensanchar nuestra capacidad de compasión y de comprensión, para certificar nuestra fe en una vida que adopta las más diferentes formas.

 

Los momentos en la compañía del ser querido que comienza ausentarse no son "muertos" o "perdidos". Yo caí a menudo en ese error. Cuando le daba de comer a mi padre, a menudo no estaba en el instante, apurando ese "aquí y ahora", sino que al mismo tiempo estaba mirando el telediario, o escribiendo mensajes... Los momentos para el acompañamiento no son nunca “muertos”. Seguramente nada más alejado de la realidad. No serán al contrario nuestros momentos con la pantalla grande o con la pequeña de los dispositivos, los momentos más muertos. De repente él ya no está físicamente, ya se ha terminado de despedir y es cuando se te caen encima todos esos telediarios, esos whats-apps fuera del tiempo. Ahora puedo comprender más fácilmente que el reto del acompañante es pasar de una actitud neutra de mera asistencia y compañía a otra de manifestación de cariño y ternura.

 

¿Qué fue antes el teclear o el acariciar? Los momentos muertos son seguramente aquellos en los que no estamos haciendo lo que debíamos hacer. Para cuando nos damos cuenta a veces es demasiado tarde. Antes de volcarnos en la ancha Red virtual, hacerlo en la pequeña de los seres cercanos que tanto nos han dado. Hay otro desmemoramiento que sí convendrá evitar y éste sería el del olvido de nuestra razón profunda de existencia sobre la Tierra. Sortear ese olvido sería vivir en mayor conciencia, retomar el sabor y la plenitud de cada instante. Pasar por la vida con los menos olvidos, olvido sobre de todo de quiénes somos y para qué estamos aquí. Pasar por la vida con la mayor conciencia de qué hacemos y a qué nos debemos. Conjurar el olvido es vivir más presentes en el aquí y en el ahora, es reparar en que cuidar al padre anciano es la mejor labor que uno podría estar realizando en ese instante.

 

Temer la muerte es renunciar a la magia de la vida, hipotecar nuestros días, rendirlos al miedo. El hecho de no recordar el más allá, no presenta ningún argumento para que éste no exista, tan sólo constata nuestra naturaleza olvidadiza.